Ya han pasado más de cuatro años de
aquel fatídico 11-M y Rosa, la viuda de Jamal Ahmidan,
El Chino, sigue recordando y torturándose por aquellas
191 víctimas. En ocasiones se considera culpable de
aquellos atentados, por no haberse dado cuenta de lo que
ocurría a su alrededor, y en otras considera que es
imposible que ellos lo hicieran solos: «Alguien les tuvo
que ayudar. Jamal era un inútil en temas de bricolaje y
mucho más para unir dos cables. Alguien les ayudó a
montar las bombas porque ni él ni los hermanos Oulad
tenían ningún conocimiento técnico».
Las dudas de cómo,
cuántos y quiénes fueron los autores materiales de la
masacre del 11 de Marzo aún están ahí, incluso después
de la sentencia. Sigue en
Editorial en página 3
Jamal Ahmidan, más conocido por 'El Chino', era el
cuarto hijo de un total de 14, murió con 34 años y era
natural de Tetuán (Marruecos). Hasta ahora, la única
imagen que se conocía de Ahmidan era la que figuraba en
su pasaporte belga, falsificado y con el nombre de
Yousef ben Salah, y que había hecho publica la Policía.
Allí aparecía con gafas y sin bigote. Rosa, su viuda,
confirmó a EL MUNDO que ésta, que ahora aparece por
primera vez, era la auténtica imagen de 'El Chino'.
Rosa, en compañía de EL MUNDO, ha recorrido
aquellos fatídicos lugares y ha recuperado de su memoria
todos los pasos que dio su marido antes, durante y
después del 11-M.
Y después de aquella fecha vino el 3 de abril de
2004, cuando Jamal y seis terroristas más se encerraron
en un piso de la calle de Martín Gaite de Leganés. Aquél
fue el último momento en que Rosa pudo hablar con su
marido y saber lo que pensaba y estaba haciendo uno de
los jefes del grupo islamista que días antes había
matado a 191 personas y había dejado heridas a más de
1.500.
Volver a aquellos instantes no es fácil para Rosa.
Por eso, necesita de un par de profundas caladas de su
cigarrillo rubio y de un largo trago de agua de la
botella que tiene en su mano izquierda.
«Eran las seis de la tarde del 3 de abril de 2004
cuando, de repente, escucho en la tele que han rodeado
un piso en Leganés y que dentro hay varios terroristas
islamistas. No dicen que son los del 11-M. Comienzan a
salir imágenes del edificio y suena el teléfono. Es la
Policía que me pregunta: '¿Lo estás viendo? ¿Te ha
llamado? ¿Ha contactado contigo?'».
Rosa sigue la descripción de aquellos tensos
momentos: «Le digo a la poli que no, que Jamal no me ha
llamado. Todo eso ocurrió sobre las seis de la tarde.
Después se sucedió otra serie de llamadas, de mi cuñada
y varios familiares».
Pregunta.- ¿Cuándo y cómo le llama su marido, Jamal?
Respuesta.- Jamal me llama por primera vez cuando ya
estaba anocheciendo. En su primera llamada no logró
articular ninguna palabra, todo eran sollozos. Lloraba y
lloraba sin parar.
P.- ¿Cuánto tiempo pasa entre la primera y la
siguiente llamada de Jamal?
R.- Apenas unos cinco minutos, pero él seguía sin
poder hablar. Le pregunto si está en el piso de Leganés
y me contesta que sí.
Rosa, que no acaba de saber lo que está pasando
porque su marido no articula palabra, le lanza una
batería de preguntas a Jamal:
- ¿Te puedes escapar?
- No.
- Voy para Leganés.
- No.
Entonces, Jamal deja de llorar y comienza a hablar de
manera normal y a darle detalles a Rosa sobre la
situación que estaba viviendo:
- Estamos rodeados. Cuida del niño y cuídate tú. Los
dos tenéis un sitio en el paraíso a mi lado.
La conversación se corta y Rosa, abatida, comienza a
llorar. Se encuentra fuera de Madrid, con su padre, y
ahora es ella la que no articula palabra. Necesita
alguna ayuda y comienza a tomar lo que tiene a mano:
tazas de valeriana y tazas de tila.
Jamal no se ha sincerado del todo con su mujer, pero
sí lo hace con su madre, Rahma. A ella le cuenta todo y
con ella se confiesa antes de saltar por los aires:
- No sabía que los atentados iban a ser de esa forma.
No sabía que habría tantos muertos. No sabía que iban a
detener a tanta gente. Se me ha ido de las manos.
Cuando la madre de Jamal recibe la llamada de
desesperación de su hijo se encuentra en un taxi que va
desde Tetuán (lugar donde nació Jamal Ahmidan) hasta
Tánger.
Rahma intenta convencer a su hijo para que se
entregue a la Policía, pero Jamal ya tiene alrededor de
su cuerpo un cinturón con explosivos.
Todos aquellos trágicos momentos y la conversación
entre madre e hijo fue contada después por Rahma a Rosa.
Y Rosa la recupera para EL MUNDO:
- En el momento en que Jamal llama a su madre tiene
puesto los explosivos en la cintura y su madre le
pregunta: «Hijo, ¿has sido tú?». Entonces, Jamal le
confesó a su madre que él no sabía que todo aquello iba
a ocurrir de aquella forma y que iba a tener las
consecuencias que estaba teniendo.
Rosa cuenta que su suegra iba escuchando la narración
de Jamal entre sollozo y sollozo: «Yo no sabía que iba a
haber tantos muertos y que iban a detener a tanta gente.
Me siento muy mal, muy mal».
La confesión del líder de la célula terrorista a su
madre fue aún más lejos cuando, de manera contundente,
le dice: «Se me ha ido de las manos, esto se me ha ido
de las manos. Yo no pensaba que la cosa iba a ser tan
grande».
Rosa intenta, una y otra vez, saber qué había detrás
de las palabras de su marido a su madre. Pero por mucho
que ha hablado con su suegra y con los hermanos de Jamal
(son 14, cinco hombres y nueve mujeres), la viuda del
terrorista islamista sigue sin tener una respuesta a
esas dudas: «No sé lo que quería decir Jamal a su madre
con aquellos comentarios y en aquellos momentos. Pero de
lo que estoy segura es de que mi marido nunca llegó a
montar en los trenes y que no fue uno de los autores
materiales de los atentados».
P.- ¿Por qué piensa que Jamal no subió a los trenes?
R.- Yo no veo a Jamal colocando las bombas en los
trenes. En los momentos difíciles él desaparecía de la
escena. Nunca estaba presente cuando tenía que hacer una
entrega o algo parecido. Y, además, cuando había alguna
operación delicada desaparecía durante un mes y nadie
sabía nada de él. En el 11-M, él no siguió esa pauta.
Tras los atentados volvió a casa, estuvo con nosotros,
celebramos el día del padre (19 de marzo) en la finca de
Morata de Tajuña, donde se supone que montaron las
bombas. No se le notaba intranquilo. Todo es muy raro e
incomprensible.
P.- Pero él sí estuvo en los atentados del 11-M.
R.- El nunca me reconoció que había participado en el
11-M, pero cuando me llamó desde Leganés sí reconoce que
si se entrega se va a tirar toda su vida en la cárcel y
que nos iba a hacer unos desgraciados, a su hijo y a mí.
Es indudable que ahí ya está asumiendo que de alguna
manera había participado en el 11-M.
P.- Entonces, ¿cuál fue su papel en los atentados?
R.- Hasta el día de hoy nadie me ha podido demostrar
que Jamal estuviera en los trenes. Yo no dudo de que él,
después de lo que sabemos, estuviera en la logística del
atentado y buscando cosas. Es decir, buscando los
explosivos.
P.- ¿Pero también pudo montar las bombas?
R.- Estoy segura de que él no montó las bombas. Jamal
era un inútil en temas de bricolaje, y mucho más para
unir dos cables. Alguien les ayudó porque ni él ni los
hermanos Oulad [Mohamed y Rachid] tenían ningún
conocimiento técnico.
P.- ¿Quiénes eran los hermanos Oulad?
R.- Mohamed y Rachid Oulad también murieron en
Leganés y siempre estaban con Jamal, ayudando y
trabajando, pero eran de cultura y capacidad escasas.
P.- «Se me ha ido de las manos». ¿Qué significa eso
en boca de Jamal?
R.- Sólo tiene una respuesta posible. Que habían
puesto en las bolsas o en las mochilas más dinamita de
lo que habían previsto o pensado. Yo creo, hoy, que
ellos querían dar un golpe, pero no cometer el atentado
que cometieron y que el resultado final fueran tantas
víctimas.
P.- ¿Cómo se puede dar un golpe con explosivos y que
no haya muertos?
R.- Creo que metieron más explosivo de lo previsto y
que iban a avisar de la colocación de las bombas y que
después, no sé por qué, no lo hicieron.
La madre de Jamal, según la versión de Rosa, también
informó a su hijo de que su hermano Mustafá, su propia
mujer y otras personas habían sido detenidas por su
culpa. Y Jamal, ante esa crítica materna, respondió:
«Dios sabe la verdad. Dios sabe la verdad. Los soltarán
y no pasará nada». Rosa y Mustafá Ahmidan quedaron
libres, pero la verdad -que no la verdad judicial- del
11-M sigue siendo una incógnita.
Sin embargo, Rosa está convencida de que aquellas
palabras de su marido también dan pie a diversas
interpretaciones: «Puede ser que nos quisiera decir que
él estaba en un tema que no controlaba. Hoy estoy segura
de que lo hicieron ellos, pero que alguien les ayudó».
Rosa recupera, poco a poco, momentos de su última
conversación telefónica con Jamal Ahmidan, cuando éste
estaba en el piso de Leganés rodeado de explosivos y de
policías, y no tiene la sensación de que estuviera
hablando con un mártir de la causa yihadista:
- Cuando hablo por teléfono con él, por segunda vez,
se le veía muy mal, muy mal. Pero yo no tengo la
sensación de que él quiera morir, convertirse en un
muyahid, irse al cielo y llevarse por delante a 40
policías.
P.- ¿Qué más le dijo en aquellos momentos y que
todavía no haya contado?
R.- También me dijo que ya no podía hacer nada, que
no podía dar un paso atrás y que tenía que ir,
obligatoriamente, hacia adelante. Es más, me dijo que si
se entregaba lo iban a matar y que iban a explotar
todos, aunque él no quisiera.
P.- ¿Quién?
R.- No lo sé. Pero mi sensación es que no quería
morir, que no quería reventar el cinturón de explosivos.
P.- ¿Y qué le dijo usted?
R.- Que se entregase. Y me contestó: «Tú estas loca.
Si aquí van a morir todos. Ya no puedo hacer nada».
P.- ¿Cómo interpreta que no podía hacer nada?
R.- El se sentía presionado por los que estaban en el
piso y por eso él empieza a llamarnos a todos, a su
madre, a su hermano y a mí, cuando se da cuenta de que
ya no tiene escapatoria posible.
Rosa, que es española y de uno de los barrios más
castizos de Madrid, también sabe árabe y en muchas
ocasiones hablaba en ese idioma con su marido. Ese
conocimiento le sirvió para detectar, a través del
teléfono de Jamal, el ambiente que se respiraba en la
casa de Leganés entre los miembros del comando
terrorista:
- Entre los sollozos y las lágrimas de Jamal pude oír
los gritos de desesperación, de pánico y de terror que
salían de aquella casa. Estaban recitando el Corán, pero
de forma desesperada [Rosa recita y repite en árabe uno
de aquellos cánticos dirigidos a Alá el Grande]. Aquello
era una locura. No puedo asegurar que estuvieran
drogados, pero tenían una subida de adrenalina
increíble».
En medio de todo aquel jaleo, gritos, rezos y
cánticos, Rosa se atrevió a preguntar a Jamal por los
sucesos que habían ocurrido el día anterior, el 2 de
abril, en las vías del tren AVE Madrid-Sevilla, a la
altura de Mocejón (Toledo). Un grupo de terroristas
islamistas intentó colocar una bomba con 12 kilos de
Goma 2 para hacer estallar el tren de alta velocidad y
así producir una catástrofe de las mismas dimensiones
que la del 11-M. La respuesta del líder terrorista fue
clara y directa:
- Yo ya estaba encerrado en el piso. No tengo nada
que ver con ese intento de atentado en las vías del
tren. No sé nada de eso.
Rosa está convencida de que, en aquel momento, Jamal
Ahmidan estaba diciendo la verdad y que no tenía nada
que ver con ese segundo intento de atentado.
Sin embargo, Rosa sí recuerda que en los últimos días
que habló y vio a su marido le transmitió la sensación
de que estaba inquieto: «Jamal me dijo que tenía mucha
presión encima, que le estaban presionando y que se
sentía muy agobiado. Yo pensé que sería por problemas
económicos, pero me aclaró que no, que no debía dinero a
nadie y que eran cosas suyas. Después intentó quitar
tensión al momento y no volvimos a hablar más sobre esa
cuestión».
Jamal Ahmidan y su madre, Rahma, se encontraban
hablando cuando de repente se escuchó una fuerte
explosión en el piso de la calle de Martín Gaite de
Leganés. Rahma lo vivió y sintió a través del teléfono
móvil que le unía a su hijo, mientras iba en el taxi que
la llevaba desde Tetuán a Tánger.
En décimas de segundo, Jamal Ahmidan y sus compañeros
de comando, un total de seis (Serhane ben Abdelmajid, El
Tunecino; Abdennabi Founjaa, Asir Rifaat, Alekema Lamari
y los hermanos Mohamed y Rachid Oulad), saltaron por los
aires y se llevaron con ellos la vida del policía de los
GEO Javier Torronteras, que se encontraba junto a la
puerta del piso de Leganés.
Rosa está convencida, y así se lo ha confirmado la
Policía Científica, de que su marido no hizo estallar el
cinturón que llevaba puesto porque, entre otras cosas,
su cuerpo estaba bastante entero:
- El murió por el efecto dominó. Por la explosión de
los cinturones de los otros que estaban con él y que sí
accionaron la dinamita. Su cuerpo estaba más entero que
el de los otros y eso demuestra que él no se esperaba la
explosión. Jamal estaba hablando con su madre y de
repente mi suegra escuchó, a través del teléfono, el
boom de la explosión. La Policía también me dijo que
debajo de la cama había otro cuerpo. Eso demuestra que
todos no estaban de acuerdo en inmolarse.
Con el suicidio de Jamal Ahmidan desaparecieron
muchos de los secretos que aún rodean a los atentados
del 11-M. Y entre esos muchos secretos se encontraban
estas conversaciones que el 3 de abril de 2004
mantuvieron Rosa y su suegra, Rahma, con el líder de la
célula terrorista.
Hoy, EL MUNDO, con la ayuda de Rosa, ha recuperado
aquellos trágicos, significativos y trascendentales
momentos.
La Policía, que tenía intervenido el teléfono de
Rosa, la testigo protegida R-22, desde el mismo día en
que fue detenida (25 de marzo de 2004), nunca aportó al
sumario del 11-M la transcripción completa de estas
llamadas telefónicas. La Unidad Central de Información
Exterior (UCIE), que depende de la Comisaría General de
Información de la Policía, se limitó, en días
posteriores, a hacer una pequeña reseña de aquellos
sucesos y siempre en boca de Rosa.
El 5 de abril de 2004, dos días después de que Jamal
Ahmidan volara por los aires en Leganés, la Policía
transcribe e incorpora al sumario, que instruía y que
todavía instruye el juez Juan del Olmo, un mínimo
comentario de Rosa con una mujer española. El registro
de esa cinta marca las 19.35 horas y el contador de la
grabadora va desde el 083 hasta el 347. Es decir, unos
30 minutos de conversación, aunque tan sólo aparecen
siete líneas del siguiente tenor e importancia:
- Hablan de lo ocurrido a Jamal.
- Rosa le dice que llame a H... y le diga que está
muy mal, que la han tenido que llevar al hospital.
Comenta que Jamal le dijo a su madre que estaba muy
arrepentido, que no sabía en lo que se había metido,
también le dice que quiere cambiar el número de
teléfono, que no lo hace ya por si la llama el juez.
Un día más tarde, el 6 de abril, la UCIE refleja otra
conversación de Rosa con «X, hombre español». En esta
ocasión, son las 13.58 horas y el contador de la
grabadora indica que va desde el 096 al 218 (unos 15
minutos):
- Rosa le dice que es R-22, y le cuenta lo que habló
con Jamal por teléfono antes de inmolarse, con ella y la
familia, y le pregunta que si ha venido la familia a
llevarse los restos.
El día 7 de abril las anotaciones de la UCIE indican:
«10.39 horas. Llama X (mujer) a Rosa. Rosa le comenta
que la llamó un ratito antes [se refiere a Jamal Ahmidan
y a la explosión de Leganés]. También a su madre, a
Marruecos. Rosa comenta que lo del AVE él no sabía nada
porque ya estaba encerrado».
Este periódico ha podido saber que el tal «X, hombre
español» era el policía con el que Rosa contactaba desde
que fue detenida el 25 de marzo de 2004. Y que la
identidad de la otra «X, mujer» corresponde a alguien
que estaba inmerso en la investigación judicial.
Pero lo más curioso de esas llamadas y
transcripciones es que al final de algunas de ellas
figura un lacónico comentario del policía que transcribe
las cintas y que es del siguiente tenor: «Sin interés».
Días antes de que llegara el cuarto aniversario del
11-M, EL MUNDO acompañó a Rosa a aquellos lugares donde
se produjo la tragedia. Rosa, la viuda del terrorista
Jamal Ahmidan El Chino, también se considera una víctima
más de aquel atentado, porque «el apellido Ahmidan está
maldito y es muy difícil vivir y criar a un hijo con esa
losa a tus espaldas».
Rosa, la viuda y madre, es consciente de lo que
ocurrió y es raro el día que no se siente culpable por
todo aquello: «A veces me siento muy mal e, incluso, en
algunos momentos me siento culpable. Soy consciente de
que se estuvo tramando una terrible historia delante de
mis narices y de que no me enteré de nada, de que vivía
en otro mundo, que estaba ciega».
Rosa, poco a poco, baja las escaleras de la estación
de Atocha Cercanías, se mezcla con la gente que va y
viene y se encamina hacia el monumento que recuerda a
las víctimas del 11-M. La puerta de entrada es pesada,
por la presión que hace el aire que mantiene la membrana
interior de la cúpula, pero llega hasta la sala central
donde se respira silencio, tranquilidad y paz. La luz
llega desde el exterior, ilumina las paredes vestidas de
azul y permite ir leyendo algunas de las cientos de
inscripciones o recordatorios que los ciudadanos han
dedicado a las víctimas. Rosa, justo debajo de la
cúpula, lee y relee algunas de ellas: «Hace falta mucha
fantasía para soportar la realidad. Mis lágrimas no se
ven porque llora mi corazón. Me gustaría que no hubiera
ocurrido nunca; ahora lo que espero es que no se olvide.
Sí a la esperanza de un mundo mejor».
Rosa necesita aire y subimos a la superficie, junto
al parking de la estación. Desde allí se ven las vías
del tren que hace cuatro años estaban llenas de
cadáveres. La viuda de El Chino, que es auxiliar de
clínica, estuvo allí aquel 11-M de 2004 como voluntaria
ayudando a los heridos. Ella no sabía, ni imaginaba, que
su marido era uno de los autores de aquella masacre.
Aún permanecen las incógnitas sobre los atentados del
11-M y las relaciones y amistades que tuvo Jamal Ahmidan
en fechas anteriores a la masacre. Uno de esos
personajes que aparecen junto a El Chino antes del 11-M
se llama Mario Gascón.
Gascón, ex director de discotecas y colaborador de la
Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil,
reveló a EL MUNDO que era amigo de Jamal Ahmidan y que
se reunió con él sobre el 17 de marzo de 2004 para
ultimar un negocio.
P.- ¿Usted llegó a conocer a Mario Gascón como uno de
los amigos de Jamal Ahmidan?
R.- No. No sé quién es Mario Gascón.
P.- Era un colaborador de la Guardia Civil que quería
montar un puticlub con su marido en Málaga.
R.- Me extraña mucho que Jamal quisiera montar un
puticlub. Jamal se dedicaba a otro tipo de negocios,
como era la compra y venta de vehículos y otras cosas.
P.- Esas otras cosas era el tráfico de hachís.
R.- Pues sí. Por eso estuvo en la cárcel.
P.- Mario Gascón también indicó a este periódico que
Jamal Ahmidan estaba pendiente de cobrar una importante
cantidad de dinero por un encargo que le habían hecho
unos amigos del País Vasco. ¿Usted cree que los
atentados del 11-M pudieron ser un encargo?
R.- Si Jamal participó en los atentados no fue por
dinero. Pudo ser por cuestiones religiosas o ideales
políticos, pero nunca lo haría por dinero. El no tenía
problemas de dinero, se buscaba la vida muy bien con sus
trapicheos.
P.- Mario Gascón comentó a EL MUNDO que Jamal Ahmidan
tenía amigos en la Policía.
R.- No lo sé, pero si Jamal tenía relaciones con
algún policía sería porque era corrupto y estarían
haciendo algún negocio. Vamos, nada bueno. Lo que le
puedo asegurar es que Jamal odiaba a la Policía y que
tuvo varios enfrentamientos serios con ellos porque le
habían hecho mil perradas, y a veces le metieron o se
tuvo que comer cosas que no eran suyas. También le puedo
asegurar que de chivato no tenía nada.
P.- Su marido pudo contarle a algún amigo o socio en
temas de hachís que iba a participar o había participado
en el 11-M.
R.- No. Jamal era muy reservado, y hay que tener en
cuenta que la única vez que admite que estaba en el 11-M
es cuando habla con su madre y conmigo. Cuando está a
punto de volar por los aires en el piso de Leganés.
Jamal era muy reservado y no hablaba de sus cosas con
nadie. Es evidente que cuando se encontraba en Leganés
estaba impresionado y que no se podía creer dónde se
había metido. Es más, estoy convencida de que él no
tenía intención de inmolarse.
Sin embargo, entre octubre y noviembre de 2003 Jamal
Ahmidan realiza dos acciones que años después resultan
altamente sospechosas para Rosa, y a las que la viuda de
El Chino todavía no ha encontrado una respuesta
concreta.
P.- ¿Qué ocurrió por aquellas fechas?
R.- Sería por el mes de noviembre de 2003. Después de
que Jamal alquilara la finca de Morata de Tajuña [la
sentencia judicial recoge que allí se prepararon las
mochilas bombas que después colocaron en los trenes de
la muerte]. Jamal tenía que recoger a su hijo e íbamos a
pasar el día en la finca. Pero no llamó en todo el día y
por la noche, cuando hablamos, le eché la bronca por el
plantón que nos había dado. El estaba muy cabreado y me
soltó que se había pasado todo el día metido en una puta
jaula.
P.- ¿Qué era o significaba la jaula?
R.- Yo le dije: «Sí, ahora me vas a decir que estabas
detenido». Y después le pregunté: «¿A qué jaula te
refieres?».
P.- ¿Y qué contestó?
R.- Tan sólo se limitó a decir que no me podía
explicar nada y que tenía mucha presión. Insistí y me
cortó diciéndome que él sabía lo que se decía.
P.- ¿Llegó a saber qué era o significaba la jaula?
R.- No. Sigo sin saber qué podía ser la jaula o qué
podía estar haciendo allí. Sólo sé que era en la finca
de Morata. Ese hecho se lo conté a la Policía cuando me
detuvieron, el 25 de marzo de 2004, pero no le dieron la
mayor importancia y nunca me volvieron a preguntar sobre
ello.
Tras ese incidente, y ya avanzado el mes de
noviembre, hubo un segundo que aún era más sospechoso
que el primero. Jamal Ahmidan y el asturiano Emilio
Suárez Trashorras ya se habían visto en una
hamburguesería McDonald's de Madrid y habían llegado a
un acuerdo sobre los explosivos.
P.- ¿Qué ocurrió por aquella época que le llamara la
atención?
R.- De repente, una noche, sobre las 12, sale Jamal
de la habitación vestido con una chaquetilla azul y con
un pantalón del mismo color. Era como el traje de faena
que llevan los porteros de las fincas. Vamos, un equipo
de trabajo.
P.- ¿A dónde iba?
R.- Le pregunté que adónde iba a esas horas y vestido
de esas guisas. Y me contestó que iba a la finca a
trabajar con los chicos. Después supe que los chicos
eran los que habían cogido el piso en Leganés y a los
que en una ocasión les llevó un televisor, parte de una
vajilla y cosas de cocina.
P.- ¿Llevaba algo más, algo para trabajar?
R.- Sí, llevaba una especie de pasamontañas en la
cabeza. Era de lana y debajo del brazo llevaba como dos
o tres monos o trajes de faena más que estaban metidos
en bolsas de plástico transparentes. Se veía que eran
nuevos.
P.- ¿Para qué podía ser todo aquello?
R.- Cuatro años después sigo sin saberlo, pero Jamal
no hacía las cosas porque sí. También se lo conté a la
Policía, pero no he sabido nada más.
Se ha cumplido el cuarto aniversario del 11-M y Rosa
y su hijo intentan borrar de su memoria los hechos, pero
el apellido Ahmidan está ahí.
P.- En la actualidad usted tiene el grado o
calificación de testigo protegido.
R.- Sí. Soy testigo protegido, pero nunca me he
sentido como tal. Nunca he tenido protección, ni ayuda
de ningún tipo. Es más, en el sumario aparezco en un
organigrama con mi nombre y mi foto. Eso fue un error de
la instrucción del 11-M.
P.- En ese organigrama aparece que usted llamó en
varias ocasiones a Serhane ben Abdelmajid, El Tunecino.
R.- Eso es incierto. La Policía me reconoció que
pusieron esas llamadas porque suponían que las había
realizado yo. Como se produjeron desde el teléfono fijo
de mi casa dieron por supuesto que quien llamaba era yo.
También aparecía en ese mismo gráfico que había hablado
con los hermanos Oulad [Mohamed y Rachid Oulad se
suicidaron en la casa de Leganés], y es mentira.
P.- ¿Ha conocido o ha tenido alguna relación con El
Tunecino?
R.- No, ninguna. Sé que existía y que tenía relación
con Jamal, pero nada más. El Tunecino era quien le
calentaba la cabeza a Jamal y le decía que yo tenía que
llevar pañuelo, que tenía que dejar de fumar y que mi
hijo tenía que ir a la mezquita.
P.- ¿Ha recibido amenazas o alguien le ha increpado
por ser la viuda de El Chino?
R.- He tenido pintadas en la fachada de mi casa y
todos los musulmanes saben quién soy. Desde el 11-M
tengo algo de paranoia y me asusto con facilidad. Nunca
me siento de espaldas a una puerta y tanto mi hijo como
yo hemos tenido tratamiento psicológico. Me considero
una víctima más de los atentados. En realidad, no fueron
191, somos 193. Ese peso, esa presión, esa losa, esa
situación la tendremos que llevar toda nuestra vida
aunque no hayamos hecho nada. Por eso intento comprender
a todos ellos, a las víctimas, a sus familias, a los
heridos, a todos. Y también me gustaría que tuvieran un
poco de compresión para mi hijo y para mí.