Rosa, la viuda de Jamal Ahmidan El
Chino, fue y es testigo protegido, y el día que declaró
en la vista oral del 11-M, ante magistrados, fiscales,
abogados, público y cámaras de televisión, recibió el
consejo de que, si tenía dudas, contestara con un «no me
acuerdo». Cuando la fiscal Olga Sánchez le preguntó si
el 3 de abril de 2004 había hablado con su marido cuando
éste estaba en Leganés, antes de suicidarse con otros
autores del 11-M, la testigo contestó: «No».
Hoy, la viuda de El
Chino descubre quién le dio aquella instrucción: «Fue un
miembro de la acusación. Me dijo cómo tenía que declarar
y que no me preocupara, que no me iban a machacar.
También me dijo que, si no recordaba algo o tenía dudas,
que contestara con un 'no me acuerdo'».
Sin embargo, el suicidio de siete miembros del
comando terrorista islamista el 3 de abril de 2004, en
Leganés, es fundamental para entender qué ocurrió el
11-M.
Rosa afirmó ayer, en EL MUNDO, que «el 11-M lo
hicieron ellos, pero seguro que alguien los ayudó».
También nos contó que «Jamal le dijo a su madre desde
Leganés que no sabía que el atentado iba a ser de esa
forma, que se le había ido de las manos». La viuda de El
Chino llegó más lejos: «Puede que Jamal nos quisiera
decir que él estaba en un tema que no controlaba». Y
concluyó: «Yo no dudo de que mi marido estuviera en la
logística del atentado, pero estoy segura de que nunca
llegó a montar en los trenes y de que no fue uno de los
autores materiales».
Pregunta.- Usted declaró, como testigo, en la vista
oral del 11-M el 10 de abril de 2007. ¿Quién le
recomendó o insinuó que, cuando las partes le
interrogaran, no hacía falta que contara todo o que
dijera que no se acordaba?
Respuesta.- Antes de entrar a declarar, yo estaba muy
nerviosa y, entonces, se me acercó un miembro de la
acusación y me dio instrucciones. Me dijo: «Las cosas
están muy claras. Si ves que, en algún momento, tienes
dudas o no te acuerdas de algo, contestas con un 'no me
acuerdo'».
La acusación pública en la vista oral del 11-M estaba
representada por los fiscales Javier Zaragoza, Olga
Sánchez y Carlos Bautista. La acusación popular, por la
Asociación de Víctimas del Terrorismo; y las
particulares, por la Asociación de Ayuda a las Víctimas
del 11-M y la Asociación 11-M Afectados por el
Terrorismo, entre otras.
P.- La primera persona o miembro del Tribunal que le
pregunta si usted mantuvo una conversación con Jamal
Ahmidan el 3 de abril de 2004 fue la fiscal Olga
Sánchez. Su respuesta fue: «No».
R.- Sí, me bloqueé y dije que no había hablado con
él.
P.- Entonces, ¿fue la fiscal Olga Sánchez quién le
dio instrucciones?
Antes de que Rosa responda a esta pregunta se produce
un largo silencio. La todavía testigo protegida recurre
a la botella de agua que tiene a su lado y da un largo
trago. Después responde.
R.-No lo sé.
P.- ¿Seguro?
R.- No me acuerdo. Sólo tengo que decir que la fiscal
Olga Sánchez se ha portado muy bien conmigo, me ha
cuidado mucho, me ha ayudado con la documentación de mi
hijo para guardar su identidad, se ha preocupado de que
nadie me viera en la Audiencia Nacional cuando declaraba
y ha procurado que ningún medio de comunicación llegara
hasta mí.
P.- ¿También la cuidó antes de declarar en la vista
oral del juicio del 11-M?
R.- Sí, claro. Ella me dijo: «Rosa, yo te lo voy a
hacer lo más sencillo posible. No voy a profundizar
porque ya has declarado mucho. Por mí, no te haría
declarar».
P.- Y, entonces, ¿qué declaró cuando la fiscal le
preguntó por su conversación con su marido?
R.- Que no, que no había hablado con él.
P.- Ante su respuesta negativa, ¿repreguntó la
fiscal?
R.- No. Yo esperaba que lo hiciera, pero se produjo
un silencio y a continuación dijo que no había más
preguntas.
P.- Sin embargo, usted sí habló.
R.- Sí, hablé. Pero hay que tener en cuenta que nadie
me puede demostrar que yo hablé porque la Policía no
grabó las conversaciones que aquel día mantuve con Jamal.
Es decir, yo primero conté al juez (se refiere al
instructor del caso Juan del Olmo), a la fiscal (Olga
Sánchez) y a la Policía cómo fueron aquellas
conversaciones con Jamal y las que después mantuvo con
su madre (ver EL MUNDO de ayer) porque quería colaborar
con la investigación y quería que se supiera la verdad.
Nadie transcribió aquellas llamadas. Tampoco están
trascritas mis conversaciones o llamadas con el juez Del
Olmo.
P.- Vale. Pero alguien le dio instrucciones sobre
cómo tenía que declarar en la vista oral.
R.- Sí. Fue un miembro de la acusación. Me dijo que
no me preocupara, que no me iban a machacar, que
procurara estar tranquila y que, si no recordaba algo o
tenía dudas, que dijera o contestara que no me acuerdo.
Esas fueron las recomendaciones que me dieron antes de
declarar.
R.- ¿Tal cual?
P.- Sí. Me dijeron que las cosas estaban muy claras y
que si veía que en alguna pregunta tenía que decir que
no me acuerdo, pues que dijera que no me acuerdo.
Además, toda la verdad la sabía el juez (Juan del Olmo)
y la fiscal (Olga Sánchez).
P.- ¿Quién más le preguntó por sus conversaciones con
Jamal Ahmidan aquel 3 de abril?
R.- El abogado defensor de Hamid Ahmidan, el primo de
Jamal.
P.- ¿Cuál fue su respuesta?
R.- Que no.
P.- Y no le sorprendió que nadie de las partes
(magistrados, fiscales, abogado del Estado, abogados de
la acusación y de las defensas) insistiera en aquella
pregunta tan trascendental para el esclarecimiento de
los sucesos.
R.- Sí. Claro que me sorprendí. Es más, yo me quedé
flipada porque me imaginé que me iba a tirar allí ocho
horas declarando y no tardé ni una hora. Cuando entré en
la sala, imaginé que el abogado que representaba a la
Asociación de Víctimas que lideraba la señora Pilar
Manjón me iba a machacar, pero no me hizo ninguna
pregunta.
P.- Entonces, ¿en qué insistieron las partes?
R.- Insistieron y se pusieron pesados cuando me
preguntaron que por qué sabía yo que uno de los que
aparecía en el vídeo reivindicando los atentados del
11-M era Jamal. Les expliqué que era muy fácil. Entre
otras cosas por sus manos. Porque Jamal no había dado un
palo al agua en su vida. No lo entendían y entonces el
juez Bermúdez explicó lo que significaba eso en
Andalucía, vamos que no había trabajado nunca. Mientras
tanto, el juez Guevara me miraba y me hacía señales de
que estuviera tranquila. [Los tres magistrados que
componían parte del tribunal del 11-M eran Javier Gómez
Bermúdez (presidente y ponente), Alfonso Guevara y
Fernando García Nicolás.]
P.- ¿Qué otras recomendaciones recibió durante la
investigación judicial y policial del 11-M?
R.- Tras mi detención, el 25 de marzo de 2004, la
Policía me dice que tenga mi teléfono móvil abierto por
si me llama Jamal. Después, me dicen que, si se pone en
contacto conmigo, que intente montar una cita. Y yo
respondo: «Pero vosotros creéis que Jamal es tonto».
Pretendían que le montara una cita en plena calle. Y,
precisamente, fue Jamal el primero que se dio cuenta de
que había controles de la Policía alrededor de la casa.
P.- ¿Cuándo se dio cuenta?
R.- Fue antes de que me detuvieran a mí. El estaba en
casa, navegando por internet, y me hizo la observación
de que la poli estaba dando vueltas. Otro día, cuando se
dirigía a casa en su coche, observó que junto al portal
había un vehículo sospechoso y me llamó por teléfono
para decirme que había vigilancia policial y ya nunca
más regresó a casa y nunca más lo vi. La última vez que
hablé con él fue el 3 de abril de 2004, cuando murió en
el piso de Leganés.
Nueve meses antes, el 30 de julio de 2003, Jamal
Ahmidan había regresado de Marruecos, donde se había
pasado tres años en la cárcel por la muerte de un
marroquí en un enfrentamiento en una noche de alcohol.
Al llegar a Madrid prometió a Rosa y a la madre de ésta
que ya estaba regenerado y que «quería conseguir su
documentación, vivir tranquilo, que iba a ser un hombre
de bien, que iba a dejar la vida anterior y que se iba a
dedicar a su familia».
Jamal Ahmidan El Chino también le explicó a Rosa
cuáles eran sus proyectos de futuro: «Estar unos años
aquí, en España, y después regresar a su casa, a
Marruecos, porque su padre estaba mayor y enfermo». Tras
pasar juntos el verano de 2003, Rosa estaba convencida
de que El Chino, su marido, había cambiado.
Rosa también recuerda que fueron momentos alegres:
«Salíamos, estábamos unidos y los dos vestíamos como los
europeos. Incluso él llevaba camisetas con tirantes y en
septiembre llevamos a nuestro hijo, los dos, al colegio.
Era un colegio de monjas y Jamal asistió a alguna
reunión con la tutora del niño».
P.- ¿Cuándo y cómo se produjo el cambio en Jamal
Ahmidan?
R.- Hoy, todavía, sigo sin entenderlo. Estaban a
punto de darle sus papeles cuando ocurrió el 11-M. Me
pregunto para qué seguía con el tema de los papeles y de
su regularización si estaba metido en aquello, en el
11-M. O sea, hablaba de futuro y estaba a punto de
morir. Es indudable que es una gran contradicción y que
Jamal no tenía intención de inmolarse en Leganés (ver EL
MUNDO de ayer).
P.- Pero ¿cuándo se produjo el cambio?
R.- Fue a partir de finales de octubre, principios de
noviembre de 2003 cuando yo noté un cambio en Jamal [en
aquellas fechas ya había tenido su primera reunión con
Emilio Suárez Trashorras para adquirir los explosivos
que, según la sentencia, fueron utilizados después en
los atentados]. Comenzó a llevar al niño a la mezquita
de la M-30 de Madrid. Allí, según me ha contado mi hijo,
Jamal se reunía con un grupo de personas, haciendo una
especie de círculo y hablaba de cosas. Las reuniones
siempre eran fuera de la mezquita, en el césped que hay
al lado.
P.- Su hijo también fue la única persona que estuvo
en la finca de Morata de Tajuña cuando los amigos y
compañeros de Jamal Ahmidan estuvieron trabajando allí.
R.- Sí. Mi hijo iba con su padre todos los fines de
semana a la finca. El anterior al 11-M, el 6 y 7 de
marzo, Jamal ya no vino por su hijo. Recuerdo que lo
llamé el sábado porque mi hijo se rompió un dedo jugando
al fútbol y quería que su padre lo llevara al hospital.
Me contestó que estaba muy liado y que lo llevara yo. Al
día siguiente, domingo, también justificó que estaba muy
liado y no vino por el niño.
P.- ¿Qué hizo Jamal Ahmidan, antes, durante y después
del 11-M?
R.- Viajó mucho y se dedicó a cobrar una serie de
deudas que tenía pendientes. También detecté que hablaba
con cierta frecuencia con Sherhane El Tunecino [Sherhane
ben Abdelmajid El Tunecino, según la sentencia judicial,
era el líder espiritual de la célula terrorista
islamista]. Ese era el que le comía el coco. Le decía
que yo era una cristiana y que me tenía que obligar a
ponerme el pañuelo y todas esas cosas.
P.- ¿Dónde estaba su marido el 11-M?
R.- Ese día Jamal vino a casa sobre las 22.30 o 23.00
horas. Por la noche. Cenamos y, cuando el niño se fue a
la cama, le comenté lo sucedido. Que había estado en el
lugar de los atentados ayudando. El me regañó. Me dijo
que por qué había ido, que parecía tonta y que me tenía
que haber quedado en casa.
P.- ¿Qué dijo sobre los atentados?
R.- Nada. No hizo ningún comentario. Estaba frío.
Parecía como si la historia no fuera con él.
P.- ¿Dónde durmió Jamal la noche del 10-M?
R.- No lo sé. En casa, no. La última vez que durmió
en casa fue la noche del día 9.
P.- ¿Qué hizo el 12-M, un día después de los
atentados?
R.- Me dijo que se iba a Francia, que tenía cosas que
hacer. Le comenté que estábamos en elecciones, que
habían ocurrido los atentados y que en la frontera
habría muchos controles [hay que recordar que El Chino
se dedicaba al tráfico de hachís, entre otras cosas].
Insistió en que tenía temas pendientes de deudas y de
cobros, y que se iba.
P.- ¿Cuándo regresó?
R.- Regresó dos días antes del Día del Padre. Creo
que era el 17. Pero durante todo ese tiempo tuvo el
móvil apagado [Rosa reveló ayer en este periódico que,
cuando Jamal Ahmidan hacía alguna operación importante,
desaparecía de la escena durante unos días]. Le eché la
bronca porque había desaparecido y no sabía nada de él.
P.- ¿Qué le contestó?
R.- Lo único que me dijo es que seguro que ahora le
iban a encasquetar los muertos de los atentados a los
moros. También me dijo que tenía ganas de estar
tranquilo y que no quería hablar con nadie.
P.- Sin embargo, a su hijo le comentó algo totalmente
distinto.
R.- Sí, fue por la noche y le
dijo que
los de ETA se habían pasado con el atentado.
P.- Y después, ¿cuándo desaparece Jamal Ahmidan?
R.- Desapareció después de que celebráramos el Día
del Padre en la finca de Morata de Tajuña [donde
supuestamente habían montado las mochilas bomba que
colocaron en los trenes de la muerte]. Aquel día nos
acercamos hasta el puesto de la Guardia Civil para
denunciar que habían desaparecido las ovejas que Jamal
tenía allí y, cuando regresamos a casa, a Madrid, me
dijo que iba a pasarse por la casa de los chicos.
P.- ¿Quiénes eran los chicos?
R.- Después supe que se refería al piso de Leganés
[allí se suicidaron siete miembros del comando
terrorista, incluido El Chino].
Días después, el 25 de marzo, Rosa fue detenida y
conducida a la sede de la Comisaría General de
Información. Allí tuvo que aguantar varios
interrogatorios y todos querían saber dónde estaba El
Chino. Al día siguiente, Rosa declaró ante el juez Del
Olmo y la fiscal Olga Sánchez, y quedó claro que ella no
sabía nada de la trama del 11-M. La mujer de El Chino
quedó en libertad y se convirtió en testigo protegido.
Los viajes que realizó Jamal Ahmidan antes y después
del 11-M, según Rosa, fueron a Ibiza, Asturias, San
Sebastián, Bilbao, Málaga, Granada, Pamplona y Francia.
En todos ellos su objetivo fundamental fue recaudar
fondos. EL MUNDO ha hecho un cálculo de lo que El Chino
tenía pendiente por cobrar y la cantidad asciende a unos
340.000 euros. Hay que recordar que la Policía, tras la
explosión del piso de Leganés, encontró entre los restos
33 billetes de 500 euros (16.500 euros) y que algunos de
ellos estaban en el bolsillo del pantalón de El Chino.
Rosa recuerda que, antes del 11-M, llegó a su casa,
desde Holanda, una pareja formada por un chico de unos
30 años y una señora algo mayor. Los dos traían tres
maletas y, al día siguiente, dos de las maletas
desaparecieron misteriosamente. El hombre, según Rosa,
se llamaba Younan y había estado en la cárcel de
Marruecos con Jamal Ahmidan.
Otro de los hechos curiosos que Rosa rememora de
aquellos días es que «cuando volví a mí casa, tras el 3
de abril, me encontré con una factura de teléfono que
ascendía a unos 1.000 euros».
P.- Y ¿de qué era aquella factura?
R.- Pues correspondía a una serie de llamadas que, al
parecer, había hecho Jamal desde el teléfono fijo de
casa y desde un móvil mío de Amena.
P.- ¿Adónde?
R.- Pues fueron a Afganistán, Londres, Holanda y
otros sitios.
Rosa está cansada. Han sido varios días recordando
aquellos trágicos y dolorosos momentos. Ahora falta lo
más duro. La viuda quiere visitar, por primera vez, la
tumba de su marido. El cementerio musulmán donde están
enterrados los restos de Jamal Ahmidan está fuera de
Madrid y el viaje es largo.
La tumba de El Chino no tiene ninguna identificación
especial: ni fecha, ni nombre, ni símbolos. Nada. Un
simple ladrillo rojo sobre un montón de tierra llena de
hierbajos señala, para unos pocos, que allí están los
restos de Jamal Ahmidan, uno de los jefes de los
terroristas del 11-M. Rosa se queda sola delante de ella
y con sus pensamientos.