El Gobierno ha nombrado embajador
en Washington al hombre que el 12 de marzo de 2004
avaló, como director del Centro Nacional de Inteligencia
(CNI), a la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Ana
Palacio, en su denuncia ante la ONU de que ETA era la
autora de los atentados del 11-M.
El mismo día de la
masacre, Palacio habló con Jorge Dezcallar al menos en
siete ocasiones y consiguió que el Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas suscribiera una clara condena a la
banda terrorista como responsable de los atentados.
Pocas horas después, a las dos de la madrugada del
día 12, la ministra despertó al director del CNI,
abrumada por la responsabilidad del paso que había dado
en el Consejo de Seguridad. Sigue en
Editorial en
A esas horas, Dezcallar ya le había confirmado en
varias ocasiones que la opinión del CNI se inclinaba por
ETA, y en esa conversación restó credibilidad a las
pruebas aparecidas que apuntaban a los islamistas.
Además, a primera hora de la tarde había enviado una
nota al Gobierno afirmando la casi seguridad de la
autoría de la banda. Es más, en el Centro Nacional de
Inteligencia, y así se lo hicieron saber a miembros del
Gobierno, pusieron en duda, en las primeras horas tras
los atentados del 11-M, que los autores materiales a los
que señalaba la Policía fueran los culpables de la
masacre.
Jorge Dezcallar fue el que más firmeza demostró en
este sentido. Apostó fuerte porque conocía el terreno
que pisaba. Las redes islamistas que denunciaba la
Policía estaban absolutamente controladas por el CNI.
Resultaba prácticamente imposible que les hubiera pasado
desapercibida una trama como la del 11-M. ETA estaba
también infiltrada, pero siempre podía haber un
grupúsculo fuera de control. Los razonamientos de sus
analistas eran muy claros.
Los ordenadores del CNI trabajaban sin descanso en
aquellos primeras jornadas para cruzar los datos de
presos islamistas y etarras de cara a comprobar dónde,
quiénes y cuándo habían coincidido. La idea de una
posible colaboración entre ambos grupos se había
extendido en los ambientes de Inteligencia en el último
trimestre de 2003. A pesar de que fue la tesis defendida
por Felipe González, nunca consiguieron pruebas de que
fuese cierto.
Ni Jorge Dezcallar, ni Ana Palacio ni el ministro de
Defensa, Federico Trillo, fueron convocados a las
primeras reuniones de crisis, tras los atentados. El
director del CNI casi lo agradeció.
Había salido ya a la luz la furgoneta Kangoo, la que
llevó, según la sentencia, a la pista islamista por una
cinta de audio con versículos del Corán. Aquello de la
cinta le pareció a Dezcallar una majadería y así se lo
hizo saber a quien le preguntó. Desde el primer momento,
puso en duda que se encontraran allí detonadores y
restos de pólvora. ¿Qué clase de terroristas eran
aquéllos? ¿Cómo dejaban esas trazas si no se habían
suicidado y, por tanto, podían seguir atentando? ¿O es
que acaso querían que la Policía los detuviera? No tenía
ni pies ni cabeza.
Por eso puso tanto énfasis al declarar: «Yo me he
enterado de su existencia por los medios». Quería marcar
distancias.
Su información al Gobierno avaló la iniciativa de
Palacio ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Los
firmantes de la declaración representaban a los nueve
países más poderosos y, por tanto, con los mejores
servicios secretos del mundo.
De hecho, la ministra ya había hablado por teléfono
con el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell,
y la consejera de Seguridad, Condoleezza Rice, quienes
le aseguraron no tener ningún dato de que Al Qaeda
estuviera detrás de los atentados. Palacio era
consciente de que el Consejo no había firmado la
resolución por sus dotes de convicción o por su
predicamento, sino porque los informes secretos de los
nueve países coincidían en aquellas primeras horas:
tenía que haber sido ETA.
La resolución se tomó por unanimidad. Si hubiera
habido cualquier duda en alguno de esos países no habría
salido adelante, dijera lo que dijera la ministra
española.
Sin embargo, en la madrugada del 12-M la ministra no
podía dormir. Estaba en juego no sólo el prestigio del
Gobierno de España, sino también el suyo propio. Y es
que un detalle le había desasosegado por la tarde. Era
amiga del director de The Wall Street Journal desde
hacía tiempo y por eso consideró que podía ser apropiado
enviarle un artículo, firmado por ella, en el que se
destacara la gravedad de lo sucedido y la monstruosidad
que, en teoría, había cometido la banda etarra. Poco
después de que se lo mandara, le llamó el propio
director del diario para decirle: «Somos amigos desde
hace tiempo. Por tu propio bien no vamos a publicarlo.
Tenemos informaciones de que ha sido cosa del terrorismo
islámico».
Palacio le contestó, algo molesta, que comprendía que
a los americanos les viniera bien que la autoría fuese
islamista. Era un año de elecciones en Estados Unidos y
la Administración Bush estaba encantada de airear las
maldades de Al Qaeda para recordar a sus votantes los
atentados del 11-S, en Washington y Nueva York.
El director le dio algunos detalles que nadie podía
saber entonces. Le explicó que ellos tenían sus propias
informaciones, que iba a surgir una reivindicación
islamista en Londres y que le hiciera caso.
Ana Palacio seguía dándole vueltas a todo aquello a
las dos de la madrugada, casi a la misma hora en que
teóricamente encontraban en la comisaría de Puente de
Vallecas la mochila que sería determinante para que la
Policía afirmara la culpabilidad de los que en pocas
horas serían detenidos.
La ministra tenía una enorme consideración
profesional hacia Jorge Dezcallar. Conocía la frialdad
atinada de sus análisis, sobre todo en momentos de
crisis. Por eso le llamó nuevamente y le sacó de la
cama. Ya antes había hablado con él de la aparición de
la furgoneta Kangoo en Alcalá, a la que Dezcallar le
había quitado cualquier importancia.
Palacio le dejó claro que le llamaba como responsable
del CNI y como experto. Le pedía información de forma
oficial. Quería argumentos de autoridad. Dezcallar le
tranquilizó por enésima vez de forma tajante: «En este
tipo de atentados existe lo que nosotros llamamos ruido
en el sistema. A veces estas informaciones no se saben
analizar adecuadamente hasta que el hecho ha sucedido.
Te puedo asegurar que he hablado con todos los servicios
de Inteligencia importantes y nadie ha oído ningún ruido
sobre este atentado concreto».
El CNI supo inmediatamente que Tel Aviv opinaba que
el rey de Marruecos tenía la suficiente soberbia e
infantilismo como para ser sospechoso, pero que aquello
le sobrepasaba. No hubiera sido capaz, según los
expertos israelíes, de dominar la estrategia y las
consecuencias.
Dezcallar le insistió a Ana Palacio que alrededor de
los atentados había un black out (oscuridad) total
-fueron sus palabras textuales-. Por supuesto que el 27
de octubre de 2003 el CNI ya había avisado en un
documento de la creciente hostilidad de Al Qaeda hacia
España y la posibilidad de que hubiera en nuestro país
células durmientes. Pero le añadió que los que se habían
hecho responsables de las explosiones a través de un
periódico en árabe editado en Londres eran unos
cantamañanas sin credibilidad, y le citó el ejemplo de
que habían reivindicado también el apagón de Nueva York.
Le dejó meridianamente claro que, aunque a esas horas no
descartaban ninguna posibilidad, ellos se inclinaban
mayoritariamente por ETA. Podía tirarse tranquilamente a
la piscina.
La ministra se fiaba absolutamente del criterio de
Dezcallar. Sabía que el CNI tenía perfectamente
controlada la red de marroquíes y argelinos que se
movían por los locutorios de Lavapiés. Las credenciales
del servicio secreto para dominar el terreno no podían
ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado
como director del Centro, en 2001, y el primero que
ostentó el cargo de secretario de Estado, era un
verdadero especialista en el Magreb.
Había llegado de la mano del Rey. No era un hombre de
Aznar, pero éste no dudaba de su competencia en materia
de terrorismo islamista. La ministra conocía que acababa
de simultanear el cargo de embajador en Rabat con el de
jefe de antena del CNI en Marruecos. No era un
paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.
Y con esa tranquilidad se metió la ministra,
definitivamente, en la cama. Antes de dormirse, Ana
Palacio enumeró mentalmente todas las veces que
Dezcallar había asegurado, en las últimas reuniones
mensuales de seguridad, los seguimientos en Lavapiés y
en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y
pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías
y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos más
destacados en relación a las corrientes islámicas
radicales.
Por eso, tras los atentados del 11 de Marzo produjo
estupor a los responsables de la Inteligencia la
inmediata captura de los responsables y la aparición
fulgurante de las pruebas en el mismo entorno que ellos
más controlaban.
Sea como fuere, quien podía tener información más
exacta sobre el tema llevó esa noche a la ministra por
el camino contrario al que en pocas horas se
consolidaría como verdad oficial incuestionable. La
propia ministra reconocería más tarde que al Gobierno le
habían proporcionado las Fuerzas de Seguridad -sin
referirse a nadie en concreto- informaciones «no veraces
e incompletas».
No caben más que dos explicaciones. O Dezcallar
mentía abiertamente, cosa que nadie puede pensar en su
sano juicio, o decía la verdad y después no tuvo más
remedio que adaptarse a la postura oficial, por las
razones de Estado que unificaron todos los criterios.
Dezcallar demostró mala memoria al declarar ante la
Comisión del 11-M del Congreso en julio de 2004.
Desmintió, eso sí, que hubiera habido imprevisión de la
Inteligencia española respecto a un posible ataque
islamista y se desvinculó de la autoría de Al Qaeda.
Pero, al contrario de lo que había asegurado a la
ministra de Exteriores, explicó que la pista etarra se
fue disipando por las pruebas que fueron apareciendo,
como la furgoneta de Alcalá, la tarjeta telefónica y la
reivindicación a través de una cinta de vídeo.
Afirmó también que el CNI había quedado «fuera de
juego» en las primeras investigaciones del Gobierno
sobre los atentados y que no fueron invitados a ninguna
reunión hasta el día 16 de marzo. Dejó patente, tras los
atentados, que el Gobierno y la Policía habían marginado
al CNI de sus primeras investigaciones.
A Dezcallar le ascendieron muy pronto, en junio de
2004, a las alturas vaticanas como embajador. En Roma
vivió momentos angustiosos, como la muerte de su mujer,
y momentos de alegría, como la boda de su hija. En
realidad, no era un ascenso. Suponía el fin de su
carrera profesional en Inteligencia. En el semestre
anterior habían matado a todos sus hombres en Irak.
Desde el 11-M, tendría que soportar para siempre la
pesada carga de no haber sido capaz de evitar los
terribles atentados.
Le sirvió de consuelo que el día que se marchó del
Centro, y a pesar de los compañeros asesinados en Irak,
recibió la más estruendosa ovación que se había
escuchado nunca. Como buen profesional, todos los
secretos, incluidos los del 11-M, se los llevará a la
tumba. Resulta paradójico que al hombre al que los
terroristas vencieron en su propio terreno de forma tan
ostentosa el Gobierno le premie ahora con el puesto más
prestigioso que puede alcanzar un diplomático.
A su número dos, María Dolores Villanueva, la mujer
que más alto había llegado en el servicio secreto, el
Gobierno entrante le reservaba un destino más
desagradable. Se enteró de su cese cuando una mañana
llegó a su despacho y, al intentar abrir su ordenador,
se dio cuenta de que le habían clausurado las claves
para llegar a los informes delicados.
LA EMBAJADA MAS DESEADA
Junio/1978 - Julio/82 José Lladó y Fernández-Urrutia:
fue ministro de Transportes y Comunicaciones.
Julio/1982 - Febrero/1983 Nuño Aguirre de Cárcer: era
embajador en Bélgica y ante el Consejo del Atlántico
Norte.
Febrero/1983 - Enero/1987 Gabriel Mañueco: era
secretario de Estado de Exteriores.
Enero/1987 - Marzo/1990 Julián Santamaría Ossorio:
era director del Centro de Investigaciones Sociológicas
(CIS).
Marzo/1990 - Junio/1996 Jaime de Ojeda y Eiseley: era
embajador de España ante la OTAN.
Junio/1996 - Junio/2000 Antonio de Oyarzábal Marchesi:
era embajador en Dinamarca.
Junio/2000 - Junio/2004 Francisco Javier Rupérez
Rubio: fue embajador de España ante la OTAN.
Junio/2004 - Junio/2008 Carlos Westendorp y Cabeza:
fue ministro de Asuntos Exteriores.