La sentencia del Tribunal Supremo
ha supuesto un nuevo revés para la instrucción del
sumario del 11-M. Deja definitivamente en libertad a los
presuntos cerebros de la trama. Descarta cualquier
relación de los hechos con el terrorismo de Al Qaeda.
Insiste en que todo fue obra de una célula independiente
y autosuficiente, pero no explica quién lo ideó ni cómo
consiguieron aportar los conocimientos técnicos
necesarios para llevarlo a cabo. De hecho, la sentencia
agiganta la importancia de la llamada trama asturiana.
Condena a más de 34.000 años a Emilio Suárez Trashorras,
un ex minero enfermo que era colaborador de la Policía y
que tuvo grandes dificultades en sus primeras
declaraciones espontáneas y voluntarias para que le
creyeran.
Nuestro periódico ha
destacado que la sentencia del Tribunal Supremo sobre el
11-M deja más incógnitas que certezas, más absoluciones
que condenas. Es lo que ha subrayado también la prensa
internacional.
Se han esfumado los cerebros inductores y se ha
puesto en libertad a personajes como Basel Ghalyoun,
considerado por la Fiscalía como autor material y para
el que se pedían más de 30.000 años de cárcel, y se ha
puesto en libertad a los radicales de Virgen del Coro.
Ha quedado también claro que Al Qaeda no tenía nada que
ver con la historia.
La sentencia dice que nos enfrentamos a un grupo
independiente y autosuficiente de terroristas. La mayor
masacre terrorista de la historia de Europa fue
planificada y ejecutada por un grupo de delincuentes
comunes, heterogéneo en su procedencia -Marruecos,
Siria, España, Argelia-, algunos con ideas radicales
musulmanas, otros cristianos y los más, descreídos y
juerguistas.
LOS NOVATOS
Y todo ello sin llamar la atención de ninguno de los
departamentos de las Fuerzas de Seguridad españolas, ni
de la Inteligencia extranjera, a pesar de que, para
conseguir sus objetivos, hicieron algo que jamás ha
hecho ningún grupo terrorista: pedir colaboración a
nativos con creencias religiosas y políticas contrarias
a su ideología, que aportaron explosivos y vehículos y
que casualmente estaban al servicio de la Policía.
Los partidarios de la teoría de la conspiración
tienen en su contra un hecho indiscutible: nadie hubiera
planificado algo tan descomunalmente absurdo.
Nuestro periódico ha comentado ya todos los aspectos
esenciales de la sentencia. Hoy vamos a añadir alguna
reflexión respecto a la llamada trama asturiana.
Como recordarán los lectores, los asturianos
implicados en los hechos formaban una pequeña banda de
delincuentes a tiempo parcial. Unos chicos de barrio, de
Avilés, que habían conseguido montar un negocio de venta
de coches y que trapicheaban con droga y en ocasiones
con explosivos que distraían -según la sentencia del
caso Pípol en la que ya fueron condenados- de una
pequeña explotación minera asturiana.
Antonio Toro y Emilio Suárez Trashorras eran
conocidos como unos jovenzuelos divertidos, camorristas
y con dinero fresco. Nada excepcional. Muchachos de
gimnasio que ocasionalmente podían trabajar de porteros
de discoteca o agenciarte un coche guapo o unas
papelinas para animar la velada.
Todos sabían que actuaban con cierta impunidad por
sus conexiones con las Fuerzas de Seguridad.
En el año 2001, muchos policías de la comisaría de
Gijón -según han contado ellos mismos a este periódico-
se dieron cuenta de que allí había algo raro. Los
pillaron en una operación rutinaria contra el
narcotráfico gallego y sus ramificaciones asturianas,
con abundante droga y con 16 cartuchos de dinamita, en
bastante mal estado. El material estaba dentro de un
vehículo en un garaje alquilado por Toro. Pero, a pesar
de que se dictó un mandato judicial, no se registró su
domicilio.
La orden venía directamente de Madrid. Jesús de la
Morena, el comisario general de Información, llamó a
Juan Carretero, responsable de la Policía en Asturias,
para decirle que había tenido una llamada de Pedro
Morenés, el subsecretario del Interior, en aquel momento
a las órdenes de Mariano Rajoy como ministro del
Interior. La obediencia en la cadena de mando no se
rompió.
La dinamita quedó apartada del caso y ni Toro ni
Trashorras fueron imputados por tráfico de explosivos.
Fue años más tarde, tras el 11-M, cuando se añadieron
estos cargos que provocaron una condena a ocho años de
prisión, ratificada por el Tribunal Supremo precisamente
el día anterior a que se conociera la sentencia
definitiva del 11-M.
AMNESIA
La amnesia sobre este asunto fue la tónica general
durante la vista oral del 11-M. Parecía como si los
policías hubieran descubierto por casualidad la
existencia de un tal Trashorras gracias a la
investigación de la procedencia de los detonadores
encontrados en la Kangoo de Alcalá y a que él mismo se
presentó en la comisaría porque era amigo y confidente
del inspector de estupefacientes de Avilés Manuel García
Rodríguez. Pero, desde el año 2001, conocían de su
existencia y encubrieron cualquier relación con los
explosivos. Ni siquiera la aportación de informaciones
concretas de Francisco Lavandera, primero en comisaría y
más tarde ante la Guardia Civil, en aquel verano de 2001
sobre aquella trama de explosivos puso en marcha la
maquinaria de la ley. Y eso que, como se demostró cuando
se descubrió la cinta que le había grabado entonces el
guardia civil de Información Campillo, Lavandera había
contado que Toro y Trashorras buscaban a alguien que
supiera fabricar bombas con móviles.
La desfachatez de los responsables de la comisaría de
Gijón fue tal que enviaron un informe al juez Juan del
Olmo, firmado por todos ellos, en el que negaban la
existencia de la visita de Lavandera a comisaría.
Finalmente Gascón, un policía honrado superado por sus
remordimientos, contó que él mismo había recibido a
Lavandera y que sus jefes tomaron notas de todo lo que
contó.
La sentencia del Tribunal Supremo incide en la
responsabilidad de Trashorras como cooperador necesario
en los atentados. De hecho, le condena a la pena más
grande que ha impuesto a un reo español: 34.715 años de
cárcel.
El ex minero se enamoró de Carmen, la hermana de
Antonio Toro. Y ahí surgieron los problemas. A Antonio
no le parecía un partido adecuado. Emilio estaba bien
para salir una noche de juerga, pero, en su opinión, le
faltaba un tornillo. Por eso le habían declarado inútil
para el servicio militar y habían terminado por
jubilarlo de la mina y concederle la incapacidad laboral
permanente.
Antonio no consentía que su hermana, a la que siempre
ha adorado, se casara con él. La boda se retrasó en
verano de 2003 precisamente porque Toro, que ya había
pisado la cárcel en otoño de 2001, fue detenido de nuevo
por un asunto de drogas. Al final, Carmen y Emilio se
casaron el día de los enamorados, el 14 de febrero de
2004, cuando faltaba menos de un mes para los atentados.
Por cierto, la policía se empeñó, y así se lo filtró
a la prensa, en que a esa boda habían asistido los
marroquíes implicados en la matanza. No era cierto y
ellos lo sabían. La familia aportó el vídeo de la boda
en el que quedaba claro que no había ningún marroquí. La
policía confiscó el vídeo y divulgó la mentira.
NADA QUE VER
Es curiosa la suerte tan dispar que han corrido estos
tres personajes. Carmen ha quedado absuelta de toda
culpa a pesar de que la Guardia Civil la señaló desde el
principio como una persona cuyo teléfono sirvió para
llamar a la vez a los terroristas y al policía Manolón.
Una mujer que, según el Instituto Armado, conocía el
trasiego de explosivos y que había estado muy cerca de
los terroristas musulmanes, considerados culpables, en
la reunión del McDonald's, en Madrid y en la casa de
Morata. La sentencia señala que no se ha probado que en
la hamburguesería se hablara de explosivos y que la
cercanía a los autores está justificada por el
parentesco con Trashorras.
Curiosamente, sucede algo parecido con Antonio Toro.
La sentencia argumenta que, como en el caso de Carmen,
no ha quedado demostrado que en la reunión de la
hamburguesería a la que asistió se produjera ninguna
compraventa de explosivos.
El Tribunal Supremo descarta que Toro hubiera
participado en el suministro de explosivos a El Chino en
su viaje a Asturias. Sin embargo, le condena a una pena
de cuatro años, considerando que existen pruebas de que
siguió traficando con dinamita después de haber sido
detenido por la operación Pípol. La absolución anterior
se basaba precisamente en que Toro ya había sido juzgado
por tráfico de explosivos en Asturias. El tribunal
distingue ahora entre el tráfico de 2001 y el de 2003,
cuando la UCO, la Unidad Operativa de la Guardia Civil,
le tendió la trampa a través de su confidente Rafá
Zouhier. Le grabaron cuando ofrecía explosivos y le
controlaron cuando entregó una muestra de los mismos.
De todas formas, al desvincular el tribunal de los
atentados la reunión entre asturianos y marroquíes en la
hamburguesería madrileña, la sentencia anula otro de los
capítulos clave de la fiscal Olga Sánchez para hilvanar
su historia.
Curiosamente, han sido los testimonios de las tres
personas más próximas a Trashorras en esta trama -la que
fue su mujer, su cuñado y un amigo íntimo- los que han
servido para sustentar su culpabilidad. No hay ninguna
declaración de nadie que no sea español que le inculpe.
El tribunal ha tenido en cuenta las afirmaciones de
Carmen cuando señaló en el juicio que, durante el
regreso de su viaje de novios, visitaron con Jamal
Ahmidan la casa de Morata de Tajuña y éste justificó la
guerra santa y criticó la intervención española en la
Guerra de Irak. El argumento tiene lógica. Trashorras
proporcionó explosivos a El Chino conociendo su
ideología radical y, por tanto, podía suponer que usaría
ese material para cometer un atentado.
AUTOINCULPACION
Lo que no se comprende, y no explica el tribunal, es
cómo fue el propio Trashorras quien llamó la atención
sobre esos marroquíes en su declaración espontánea a la
Policía antes de que fuera detenido. Ni siquiera un
esquizofrénico podría ser tan irracional de acudir a la
Policía para denunciar a los presuntos culpables si
fuera él quien les había proporcionado los explosivos.
¿Por qué no huyó después de los atentados? Tenía el
pasaporte en regla y su padre le habría ayudado si
hubiera necesitado dinero. Fue
Trashorras quien insistió a su controlador policial para
que se fijara en los moritos.
El Supremo dice que Trashorras podía suponer que los
marroquíes iban a cometer atentados. Cualquiera que
conozca a Trashorras sabe de sus fobias y de su punto de
racismo. ¿Invitarles a su boda? Trashorras despreciaba a
los marroquíes, detestaba su ideología. Votó al PP y
estaba plenamente de acuerdo con la participación
española en la Guerra de Irak. Jamás hubiera contribuido
a ayudar a un islamista radical. Por otra parte, era un
confidente policial, alguien que no mueve una pestaña
sin contárselo a su controlador.
La sentencia da por hecho que los explosivos
utilizados en la masacre salieron de Mina Conchita, a
pesar de que las pruebas científicas aportadas
demostraron que no se pudieron hacer análisis
cuantitativos para determinar el explosivo utilizado y
que los componentes hallados no coincidían con los de
los explosivos de Mina Conchita. Da por probado que
Emilio hizo tres envíos de explosivos a El Chino, por
autobús de línea por medio de tres jóvenes. Pero ni
ellos ni nadie vieron nunca esos explosivos. En el
juicio sólo supusieron que los llevaron porque no
pudieron revisar lo que transportaban. El tribunal no se
plantea ninguna duda sobre la mochila encontrada en la
comisaría de Vallecas y su rocambolesco recorrido por
Madrid. Pero, curiosamente, la sentencia desmonta la
versión de la Fiscalía de cómo consiguió Trashorras el
material.
La versión oficial contaba con la colaboración del
minero Raúl González Peláez, llamado El Rulo. El fue
quien sacó los explosivos de la mina tras ponerse de
acuerdo con Trashorras en un mirador de Tineo, unos días
antes de la llegada de El Chino a Asturias. De hecho, la
sentencia de Javier Gómez Bermúdez le condenaba a cinco
años de prisión por ese suministro. El Tribunal Supremo
ha considerado que no se declara probado que facilitara
ningún tipo de explosivo a Trashorras y, por tanto, le
deja en libertad. Se cae así, una vez más, el relato de
la Fiscalía. Trashorras pudo proporcionar explosivos a
El Chino pero no los que le entregó un minero desde el
interior de Mina Conchita.
Claro está que, como quedó probado durante el juicio,
cualquiera, incluido Trashorras, podía agenciarse
explosivos en aquella explotación, dada las escasas
medidas de vigilancia. También es evidente que pudo
robarlos cualquier otra persona.
¿Por qué Emilio? Y aquí viene el testimonio clave en
el que se basa el Tribunal Supremo. Porque así lo
testificó el menor llamado El Gitanillo. La sentencia
enfatiza que la prueba principal «contra Trashorras está
constituida por la declaración de Gabriel Montoya [El
Gitanillo] que el tribunal considera corroborada por
numerosos datos objetivos externos y que ha valorado
como si se tratara de la declaración de un coimputado».
Un repaso somero a su historial nos coloca ante un
muchacho marginal de 16 años criado en la calle, sin
estudios, con el padre en la cárcel y la familia
viviendo de la protección social. En el informe del
centro asturiano del que fue expulsado por las
constantes vejaciones a su directora, se refleja su
carácter violento e inadaptado y su desprecio por la
ley.
La declaración inculpatoria para Trashorras de este
menor se obtuvo en las salas de interrogatorios
insonorizados del Instituto Armado. Uno de los guardia
civiles que participaron contó en su día a este
periódico cómo habían cuadrado su declaración «para no
marear al juez con contradicciones».
En su juicio, en noviembre de 2004, El Gitanillo se
declaró culpable de colaboración con banda armada por
transporte de explosivos. En contra de lo esperado, fue
un juicio de conformidad y se terminó 20 minutos después
de haber empezado. La pena máxima por su delito era de
10 años. La fiscal tenía previsto solicitar ocho años,
con lo que habría tenido que ingresar en prisión al
cumplir los 23 años. Pidió seis después de pactar con el
acusado. El juez Vázquez Honrubia no consideró necesario
seguir con la vista oral. Le impuso los seis años
aceptados por ambas partes. En 2010 terminará su
condena.
En la vista oral del 11-M, en la que la fiscal Olga
Sánchez le trató con guante de seda -«Hola, Gabriel»-,
se contradijo en su declaración al confundir el modelo
del coche en el que habían trasladado los explosivos y
se puso de manifiesto la inconsistencia de lo dicho por
Iván Granados, el único que apoyaba su declaración.
Una carta de El Gitanillo a Trashorras -inédita hasta
ahora- enviada después del 11-M y tan sólo 15 días antes
de su declaración inculpatoria a la Guardia Civil pone
de manifiesto la devoción que tenía el menor hacia el ex
minero. En la carta se puede leer: «Hola mineruzo. Tú
has sido un colega de verda y lo sigiras siendo. Ahora
estoy currando haciendo aceras para sacar pasta y poder
ir a berte que ya tengo muchas ganas cabronazo.
Acuérdate de que tienes un colega para siempre, para lo
que quieras». Dos semanas más tarde, a las 4.00 horas de
la mañana del tercer día de aislamiento, los agentes de
la UCE2 conseguían la declaración con el relato de cómo
había acompañado a la mina a Trashorras en la noche del
28 de febrero de 2004 para entregar los explosivos a El
Chino.
Pero tal vez lo más sorprendente de la sentencia en
relación a El Gitanillo es su declaración sobre la
metralla. El Tribunal Supremo considera muy importante
para la condena de Trashorras el hecho de que El
Gitanillo declarara que, en esa noche, Trashorras le
dijo a El Chino: «Acuérdate de coger las puntas o los
tornillos que están a unos 15 metros más adelante».
Resulta patético considerar que los marroquíes
necesitaran de un ex minero para agenciarse unos clavos
o unos tornillos.
¿QUE METRALLA?
Pero lo más incomprensible está en la argumentación
del tribunal. Dice que la entrega de ese material «no
puede tener otra finalidad que actuar como metralla en
un acto contra personas. Conclusión que en sus aspectos
objetivos ha quedado corroborada por el hallazgo de ese
material en el artefacto explosivo procedente del tren
que explosionó en la estación de El Pozo y que fue
desactivado en el Parque Azorín». Inaudito.
El tribunal olvida que, precisamente, fue en esta
mochila, llamada número 13, en la única en la que se
encontraron clavos y tornillos -en los restos de los
artefactos que explosionaron no se encontró metralla
apreciable- y que su análisis minucioso demostró, sin
género de dudas, que ese material no tenía relación con
ninguno de los clavos y tornillos utilizados en la mina.
Precisamente el dato que deja en evidencia la falsedad
del relato de El Gitanillo ha servido para condenar a
Trashorras.
Ya se demostró en su día que El Gitanillo mentía
cuando dijo que El Chino había llamado en la noche del
28 de febrero desde la mina. El juez Del Olmo comprobó
que allí no podía tener cobertura. También se demostró
que mentía cuando dijo que, dos o tres días antes del
28, había ido a la mina con Trashorras. Era imposible,
ya que Emilio se encontraba en esas fechas en su luna de
miel.
Es relevante comprobar los listados de llamadas
telefónicas que efectuó Trashorras en esa noche, cuando
teóricamente estaba con El Chino en la mina. Los rastros
de las BTS [estaciones de control de teléfonos móviles]
dejaron la localización exacta de dónde se encontraba.
Lástima que la Policía, en su informe al juez, se
limitara a decir que «no se dispone -en esa noche- de la
ubicación de ese teléfono, ya que sólo se han facilitado
los datos correspondientes desde el 1 de marzo». De las
llamadas entrantes de Trashorras, en esa noche, al
teléfono de su mujer «sólo se dispone de los datos de
ubicación desde las 12.07 horas del día siguiente».
A El Gitanillo le queda menos de año y medio para
salir de la cárcel. Sería curioso seguir sus pasos,
saber si han mejorado sus condiciones económicas o las
de su familia. De todas formas, si yo fuera él, miraría
con mucho cuidado al cruzar cada calle. Tiene el secreto
del destino de un pobre enfermo que ha servido de cabeza
de turco.