La defensa de Jamal Zougam mantiene
ante el tribunal del 11-M que la declaración del testigo
más importante contra el presunto autor material de la
masacre es contradictoria con los hechos acreditados por
los Tedax.
El escrito de defensa
presentado por el abogado José Luis Abascal recuerda que
el testigo protegido S-20-04-A-27 aseguró ante la
Policía que vio a Zougam colocar una bolsa bajo el
asiento de un vagón que minutos después estalló en la
estación de El Pozo. En esa misma declaración,
ratificada ante el juez, dice que ambos estaban «en el
piso bajo del vagón». Según certificaron los Tedax en su
informe a la Audiencia Nacional, las dos explosiones que
sufrió ese convoy se produjeron «en el piso superior».
Así consta también en el auto de procesamiento y en
el escrito de acusación de la fiscal Olga Sánchez:
«Sobre las 7.38 horas [...] tuvieron lugar 2 explosiones
en los vagones números 4 y 5 del tren. Los artefactos
estaban situados en los pisos superiores de ambos
vagones». Tras reproducir estas líneas de la fiscal, el
escrito de defensa añade: «El despropósito de la
instrucción de este sumario y del escrito de acusación
del Ministerio Fiscal ha permitido que Jamal Zougam esté
en prisión por culpa de testimonios como éste».
Del sumario se desprende que, en el vagón al que con
más probabilidad se subió el testigo -el más cercano al
centro del convoy-, la explosión se produjo en un
extremo, lo que también difiere de la declaración
policial.
Otros tres testigos protegidos sitúan a Zougam en
alguno de los trenes atacados. El escrito de defensa
resalta la relevancia del testigo 20-04-A-27 porque
declaró el 12 de marzo y al día siguiente hizo el
reconocimiento fotográfico. A su juicio, se trata del
único caso en el que se puede afirmar que el testigo no
había visto el rostro de Zougam en los medios de
comunicación antes de que la Policía le mostrara su
fotografía.
El testigo declaró que se subió a un vagón del centro
del convoy, «en el piso bajo, aproximadamente en la zona
central, justo al lado derecho según el sentido de la
marcha y junto a la ventana». Cerró los ojos para
descansar, pero, «tras breves instantes, sintió cómo
alguien le empujaba desde el lado izquierdo, y al abrir
los ojos para mirar pudo observar cómo un individuo se
encontraba sentado junto a él e intentaba introducir una
bolsa de deportes de color azul oscuro justo debajo del
asiento que había enfrente».
Esa persona, de pelo rizado y piel oscura, llevaba
«una férula de escayola en la nariz». Respecto a la
bolsa, tras describirla como «no muy pesada», estima que
pesaría «aproximadamente 10 o 15 kilos», lo que la haría
similar a la desactivada en Vallecas. «Esta
manifestación es absolutamente inconcebible de no estar
previamente influida», mantiene la defensa.
El escrito también presenta dudas sobre la
consistencia del testimonio de los otros tres testigos:
«Debemos señalar que los testigos viajaban en distintos
trenes, en el que explotó en El Pozo y el de Santa
Eugenia, y es evidente que en el supuesto caso de que
Jamal hubiese dejado una de las bombas, sólo habría
podido dejar una, no dos; es evidente que sólo pudo
tomar un tren, no dos; es evidente que si a los trenes
se subieron más de 10 terroristas, cada uno llevaría una
bolsa o mochila, y no dos». Ninguno de los testigos dice
haberle visto con dos mochilas.
Zougam se defiende ante la Sala asegurando que en el
momento del atentado dormía en el domicilio que
compartía con su madre, su hermana y su hermanastro
Mohamed Chaui -también detenido-. También que durante la
jornada del 11 de Marzo mantuvo la rutina de un día de
trabajo en el locutorio.
«Una auténtica calamidad como terrorista»
MADRID.- Contra el marroquí pesa también la acusación
de haber entregado a la célula terrorista las tarjetas
de teléfono empleadas en las bombas. Sobre este punto,
su defensa resalta que, con excepción de Zougam, todos
los demás detenidos por vender los teléfonos y las
tarjetas ya están en libertad sin cargos. Entre ellos,
Mohamend Bakkali, el empleado del locutorio que «vendió
físicamente» las tarjetas.
La defensa añade que, antes del 11-M, las Fuerzas de
Seguridad habían pasado años intentado incriminar al
marroquí, al que habían pinchado los teléfonos. Sin
éxito. Como prueba, reproduce parte de un escrito del
confidente Cartagena enviado a la Audiencia Nacional:
«En uno de los encuentros con la UCIE, me hablaron de
Jamal Zougam para que me acerque a él, y así poder
facilitar información sobre su persona y actividades.
Pasado un tiempo no les he podido dar información sobre
el mismo, porque me parecía que lleva una vida normal.
Es cuando me dicen que no le pudieron encausar por el
11-S y que quieren que intente acercarle a las reuniones
de Sarhane [El Tunecino] para así tenerle controlado».
El escrito de defensa dice que la Fiscalía «calla
todos estos aspectos de Zougam y nos lo presenta con la
trayectoria de un ogro terrorista, como el terrorista
que vendió las tarjetas a los terroristas que colocaron
las bombas. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que
entre conmilitones van a cobrarse los componentes de las
bombas? ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que una
persona utilice las tarjetas que vende en su tienda como
parte de las bombas que más adelante va a colocar? ¿No
sería esto una imprudencia total por parte de un
criminal? Si Jamal Zougam hubiese hecho todas las
actuaciones de las que le acusa el Ministerio Fiscal,
podría considerarse que es una auténtica calamidad como
terrorista».