La Guardia Civil consiguió capturar
-entonces se dijo que por casualidad- una caravana de
ETA con dos furgonetas en la localidad de Cañaveras, en
Cuenca. Fue en la madrugada del 29 de febrero de 2004,
una noche de viento y nieve, la misma en la que la otra
caravana, la de El Chino, logró llegar con 200 kilos de
dinamita a la casa de Morata de Tajuña donde
presuntamente se manipularon las mochilas bomba del
11-M. En las furgonetas etarras, además de 536 kilos de
explosivos, viajaba un álbum de fotos personales de uno
de los conductores.Entre las imágenes que contenía se
encontraba la fotografía de una vieja locomotora situada
como recuerdo en una plaza de la localidad asturiana de
Mieres. La Guardia Civil investigó entre el 29 de
febrero y el 11 de marzo la existencia en la zona
cercana al monumento de un comando de ETA -un hombre de
32 años y una mujer de 27-. Es un dato más en el rosario
de preguntas sin respuesta en torno a la conexión de ETA
con la trama asturiana de la dinamita, la que habían
organizado Emilio Suárez y Antonio Toro, y que había
denunciado, en 2001, el confidente Lavandero a la
Guardia Civil.
En la noche del 29 de
febrero de 2004, en la sede del Ministerio del Interior
no daban crédito a las informaciones que iban
llegando.Acababan de interceptar una furgoneta de ETA
con más de 500 kilos de explosivos. En la misma
operación se había localizado otra furgoneta
-presuntamente la que hacía de lanzadera hasta que
sufrió un accidente- y se había detenido a los
conductores de ambas.
La verdad es que estaban esperando un gran
atentado de ETA, pero sin duda no era éste. Todos los
dispositivos de seguridad se encontraban en el nivel de
máxima alerta a 15 días de unas elecciones.Lo que nadie
podía imaginar es que fueran a intentarlo con una
caravana pilotada por dos muchachos sin la menor
experiencia en terrorismo. En definitiva, dos
desconocidos sin historial delictivo. Sólo uno de ellos
había participado en algunas acciones menores de la
llamada kale borroka, la agitación callejera
protagonizada por Jarrai, el brazo juvenil de ETA.
La detención fue como un regalo inesperado. Por eso,
toda la cúpula de Interior corrió algo desconcertada
hasta Cuenca en la mañana del 29 para hacerse la foto.
PURA «MERCANCIA»
Gorka Vidal Alvaro e Irkus Badillo Borde, de 25
años, los conductores de la caravana etarra atrapada en
Cuenca, mostraron desde el primer momento una excesiva
disposición a colaborar. Explicaron que tenían orden de
dejar la furgoneta de los explosivos en algún lugar
industrial cercano a Madrid, en el que una posible
explosión no causara muchas víctimas. El caso es que
nadie se creyó -ni entonces ni ahora- aquella versión.
Un atentado de tanta trascendencia, pocos días antes de
las elecciones, no se podía haber dejado al albur de
unos principiantes.
Ahora ha transcendido que los expertos policiales y
los servicios de Inteligencia han llegado a la
conclusión de que las furgonetas interceptadas procedían
simplemente a un transporte de «mercancía».Así lo ha
asegurado a este periódico un ex alto cargo de la
Seguridad del Estado. Los etarras tenían que entregar a
alguien la furgoneta con los explosivos. Descartan por
completo que fueran los dos jóvenes detenidos los que
fueran a realizar el atentado. No se ha podido detectar
que ETA tuviera desplazado ningún comando operativo en
Madrid, no existía una infraestructura que pudiera
apoyar una acción como la que dejaba entrever la
caravana de Cuenca. Sencillamente -como ya ocurriera con
los inexpertos etarras utilizados para los atentados del
día de Nochebuena en la estación de Chamartín de
Madrid-, no tenían ninguna probabilidad de llevar a cabo
su macabro propósito.
La furgoneta no fue interceptada por la habilidad y
el olfato que demostró una patrulla de Tráfico en una
carretera perdida y durante una noche de perros. Tampoco
fue producto de la casualidad, sino de un seguimiento
por un medio sofisticado de transmisión que marcaba su
posición en todo momento. Que la cúpula de Interior no
estuviera al tanto es una cosa diferente.
Los expertos del grupo de la Unidad Central de
Información de la Guardia Civil (UCI), especializado en
el terrorismo etarra, no pudieron sacar demasiada
información de los detenidos. De nada sirvió que Gorka e
Irkus quisieran colaborar desde el primer momento. No
tenían la menor idea de cuál era el objetivo de los
explosivos.
«SOY DE ETA»
No había hecho falta gran cosa para que se
vinieran abajo. A Irkus Badillo Borde, poco antes de su
detención, la Guardia Civil había pretendido ayudarle en
Poveda al darse cuenta de que había tenido un accidente.
Viajaba con una furgoneta de su propiedad, pero cuando
le propusieron llevarle a un médico, él dijo: «Soy de
ETA».
Hemos remarcado en reportajes anteriores las
coincidencias de la fecha de salida de esta caravana -28
de febrero de 2004- con la que comandaba El Chino desde
Avilés, la que llevaba la otra carga mortal de
explosivos que se ha relacionado con los atentados del
11-M. También hemos señalado que la ruta que seguían los
etarras podía llevar directamente hasta la casa de
Morata de Tajuña, donde presuntamente se prepararon las
mochilas bomba.Pero tal vez no hemos puesto suficiente
atención en otros detalles que agravan aún más las
sospechas de que la caravana etarra no era ajena a los
señuelos de ETA que contribuyeron a que el Gobierno del
PP se empecinara en una vía que supuso su derrota
electoral.
Varios meses después de aquellos hechos, nadie se
atreve aún a hacer una relación clara de lo que se
encontró en las furgonetas.La de los explosivos llevaba
-como se dijo en su día- algo más de 500 kilos de
cloratita y 32 kilos de dinamita Titadyne, además de 90
metros de cordón detonante, todo ello en una caja
metálica de un metro y medio de ancha por dos de larga y
uno de altura.Era una bomba a la carta. Los terroristas
que quisieran utilizarla, cualquiera que fuese su signo,
sólo tenían que añadir el temporizador para poder
usarla.
En la furgoneta lanzadera, la Guardia Civil encontró
cosas realmente chocantes y por las que se ha pasado de
puntillas hasta la sesión de ayer de la Comisión del
11-M. De hecho, apenas sí llegó información a la policía
y a Interior de estos hallazgos, y aún hoy es difícil
seguirles el rastro, ya que de alguno de los objetos
encontrados no ha quedado huella, ni siquiera como
muestra escaneada en los ordenadores centrales de la
propia Guardia Civil que practicó las diligencias.
MAPAS Y CROQUIS
Para empezar, la furgoneta era propiedad de su
conductor, Irkus Badillo. Es extraordinariamente
chocante que ETA emplee los vehículos particulares de
miembros de sus comandos para llevar a cabo operaciones
terroristas.
En las furgonetas, los investigadores encontraron un
plano de España de una escala 1:1.000.000. Tenía un
óvalo marcado que representaba una superficie aproximada
a una zona de 40 kilómetros de larga por 15 de ancha. En
la parte superior del óvalo estaba la localidad de
Alcalá de Henares. Entre los numerosos papeles
encontrados junto al mapa había también croquis de vías
férreas.
Pero lo que realmente resulta sorprendente es que en
la guantera de una de las furgonetas se encontrara un
álbum de fotos de tapas rojas con decenas de fotografías
de personas y paisajes. Una especie de recopilatorio de
vacaciones. ¿A qué terrorista, por inexperto que sea, se
le ocurriría ir a cometer un atentado con un álbum de
fotos personales en la guantera?
Para la Guardia Civil, aquello supuso un importante
material de primera mano, un hilo del que tirar. Una de
las imágenes del álbum correspondía a una vieja
locomotora pintada de verde y negro aparcada como
monumento histórico en el casco urbano de una ciudad.
Pronto, alguien se dio cuenta de que se trataba de la
vieja locomotora del tren llamado El Vasco, el mismo que
había servido para transportar mineral de carbón
asturiano hasta las siderurgias del País Vasco.
Los investigadores descubrieron que la imagen sólo
podía estar hecha desde algunos pisos concretos de la
trasera de una casa situada en la plaza de la localidad
de Mieres donde se exhibe la locomotora, encerrada con
una pequeña verja metálica roja.
En el intervalo entre la detención de los etarras -el
29 de febrero- y el día de los atentados -el 11 de
marzo-, tres agentes de la Guardia Civil estuvieron
preguntando en el barrio de Santa Marina -el lugar donde
está ubicada la locomotora- por un comando de ETA.
Los agentes enseñaron la fotografía encontrada en la
furgoneta y se interesaron por una pareja joven -él, 32
años; ella, 27- que había podido estar viviendo en las
cercanías. La investigación se centró finalmente en el
número 5 de la calle de Doctor Fleming de Mieres. Los
miembros de la Guardia Civil mostraron, durante varios
días, la foto de la locomotora a comerciantes y vecinos
de esa calle junto con las fotos de los dos individuos
jóvenes a los que buscaban.
Los vecinos se alarmaron cuando, después del 11-M,
empezaron a atar cabos al recordar que los agentes
habían exhibido la foto de la locomotora encontrada en
la guantera de una de las furgonetas de la caravana de
ETA, el 29 de febrero.
SOLO UN ERROR
Los medios informativos de la región se
interesaron por el caso.La Policía Nacional les informó
de que no tenían ningún conocimiento de esos hechos.
La Guardia Civil comentó, semanas más tarde, que no
habían encontrado el piso que buscaban, que no podían
dar el nombre de los etarras, pero que se trataba de
gente que ya estaba detenida. En realidad, según esta
última versión, no buscaban personas, sino un piso donde
presuntamente pudiera haber documentación valiosa para
la lucha contra el terrorismo.
La explicación no se correspondía con lo que habían
declarado a los vecinos entre los que se investigó el
caso. Si los etarras ya estaban detenidos, ¿por qué los
buscaban?
Curiosamente, en el lateral de la casa de Mieres
donde la Guardia Civil buscó al comando etarra aparece
hoy una enorme pintada de color azul claro en la que
puede leerse: «Gora Izquierda Abertzale». Alguien la ha
tachado con pintura negra y ha añadido la frase «Patria
o Muerte. Arriba España».
Para mayor confusión, expertos en la lucha
antiterrorista a los que se les ha mostrado una
fotografía de la pintada en cuestión han dudado
seriamente de su autenticidad.
No es preciso remarcar que Mieres es una localidad
asturiana que se encuentra a menos de 50 kilómetros de
Avilés, el foco en el que Emilio Suárez Trashorras y
Antonio Toro montaron la trama de los explosivos y a
poco más de 10 kilómetros de Oviedo.Asturias, de nuevo,
en el ojo del huracán.
Pero la extraña furgoneta de los 500 kilos fue sólo
uno de los eslabones del gran señuelo de ETA que alguien
ha manejado con mano maestra en torno al 11-M.
El caso del atentado frustrado de Chamartín tiene
connotaciones parecidas al de Cuenca. Dos muchachos
vírgenes en materia de terrorismo son los encargados de
llevar a cabo un atentado indiscriminado de enorme
envergadura. ¿Alguien puede imaginar por dónde habría
transcurrido el acontecer político de este país si los
etarras hubieran conseguido volar los trenes en la
estación madrileña de Chamartín nada menos que el día de
Nochebuena del año 2003?
El caso cierto y probado es que dos muchachos de 24 y
25 años sin más bagaje que sus inhumanas intenciones
cargan con dos maletas llenas de explosivos y tratan de
protagonizar una masacre de proporciones monstruosas en
una estación de tren de Madrid, en plena hora punta.
¿Les suena?
A uno de ellos, Garikoitz Arruarte, los agentes no le
dejan ni siquiera llegar a la estación de San Sebastián.
Las crónicas dicen que, «fruto del interrogatorio»,
supieron que el tren Irún-Madrid llevaba otros
explosivos a bordo.
Las Fuerzas de Seguridad consiguieron detener el
convoy a la altura de Burgos, desalojarlo con prontitud
y neutralizar las mochilas bomba sin que nadie resultara
herido. La maleta, en esta ocasión, la había facturado
Gorka Loran. Fue detenido en su casa de Hernani.
No se sabe si ETA iba a avisar en esta ocasión. La
versión oficial es que intentaron colocar un magnetofón
para que, a través de su altavoz, se difundiera un
mensaje avisando del atentado. Dicen que las pilas
estaban gastadas y que por eso el sistema no era
operativo. Realmente, un procedimiento de aviso de lo
más extraño.
La realidad es que los dos jóvenes terroristas
estaban controlados por las Fuerzas de Seguridad y que
no habrían tenido la menor oportunidad de llevar a cabo
sus macabros objetivos. Es muy posible que los que les
enviaron lo supieran. Sobre todo, considerando que, a
dos meses de los atentados del 11-M, y como recordó ayer
el ex secretario de Estado de Seguridad Ignacio Astarloa,
toda la potencia de fuego en materia de prevención
antiterrorista estaba activada.
El asombro sobrepasa cualquier límite cuando los dos
etarras detenidos confesaron que su preparación en
materia de manejo de explosivos y bombas era un cursillo
de 45 minutos que habían recibido, tres meses antes, en
un monte de la Sierra de Aralar.
BOMBAS EN BAQUEIRA
Conviene recordar también que los jóvenes
terroristas de la caravana de la muerte, la que
consiguieron neutralizar en Cañaveras, en la provincia
de Cuenca, confesaron que el primer encargo que habían
recibido de ETA había sido un atentado contra el Rey que
consistía en distribuir 12 o 13 mochilas bomba en las
pistas por donde iba a esquiar el monarca para hacerlas
estallar a distancia.
Para unos muchachos que jamás habían hecho
prácticamente nada delictivo no estaba nada mal el
encargo. Sólo puede producir una sonrisa el considerar
que alguien en su sano juicio pudiera llevar a cabo un
magnicidio con esos medios. Es sencillamente una
soberana estupidez.
Pero sus declaraciones salieron a la luz muy pocos
días antes del 11-M y eso reforzó, al menos en un primer
momento, la sensación, compartida por el Gobierno, de
que las 12 o 13 mochilas bomba de Atocha, El Pozo y
Santa Eugenia procedían de ETA.
A esto habría que añadir un informe que el CNI pasó
en los primeros meses de 2004 al Gobierno, en el que se
advertía de que ETA había solucionado sus problemas
técnicos y que estaba ya preparada para utilizar los
teléfonos móviles en sus próximos atentados.
LA NAVIDAD DE 2002
El propio Astarloa recordó ayer que los mismos
etarras que habían atentado en Santander, utilizando un
coche robado en la calle de Avilés donde Emilio Suárez
Trashorras guardaba dinamita en su garaje, fueron los
que intentaron sembrar de explosivos la Navidad
madrileña de 2002.
Estamos aún lejos de la verdad, pero el único camino
sensato, llegados a este punto de la historia, es
detenerse con minuciosidad en cada uno de los indicios,
por pequeños que sean, sin descartar nada de antemano.
La extraña caravana de la muerte y el brutal atentado
que se anunciaba con ella dista mucho de haberse
explicado.