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FERNANDO MUGICA
LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (XXIX). Las primeras
dotaciones de la comisaría de Alcalá que, el 11 de
marzo de 2004 por la mañana, llegaron hasta la
furgoneta Renault Kangoo aparcada junto a la
estación de tren corroboran la versión que defendió
ante la Comisión de Investigación del Congreso el
jefe del Grupo de Policía Científica de Alcalá, Luis
Martín González: la furgoneta estaba vacía. No había
nada entre los asientos ni en la zona de carga.
Desde los cristales delanteros del vehículo pudieron
observar cómo debajo del asiento del pasajero
sobresalía un chaleco reflectante amarillo mal
doblado. Encima del salpicadero había una tarjeta de
visita, y sobre el mismo asiento del copiloto se
encontraba una cinta de casete gris transparente. En
su cara visible no tenía ninguna inscripción. Sin
embargo, al día siguiente, en las instalaciones de
la Comisaría General de Policía Científica, en
Canillas, al propietario de la Kangoo le enseñaron
61 evidencias -casi 100 objetos- hallados en el
interior del vehículo, incluidos siete detonadores,
una casete con versículos del Corán, un trozo de
cartucho con explosivo, dos mantas, tres guantes,
una bolsa con 14 chalecos, bolsas con herramientas y
un largo etcétera.
MADRID.- La furgoneta Renault Kangoo que se encontró
en la mañana del 11 de marzo de 2004 aparcada junto
a la estación de tren de Alcalá de Henares (Madrid)
tenía su espacio de carga vacío.
Así lo atestiguan dos policías de las dos dotaciones
que llegaron primero al lugar de los hechos. En
realidad, sólo vienen a corroborar las afirmaciones
repetidas una y otra vez ante la Comisión de
Investigación del 11-M en el Congreso de los
Diputados por Luis Martín Gómez, jefe del Grupo
Local de Policía Científica de Alcalá de Henares,
encargado en aquellas primeras horas de la
investigación.«Allí dentro no había nada», dijo.
La reconstrucción minuciosa de aquellas primeras
horas es la siguiente. A las 7.30 horas de la mañana
del 11 de Marzo de 2004, la comisaría de Alcalá de
Henares estaba en plena ebullición.
Todos se ofrecían voluntarios para ayudar en lo que
hiciera falta.Comenzaban a llegar las primeras
noticias de las explosiones de los trenes y la
impresión de que aquello era una enorme tragedia se
afianzaba a medida que pasaban los minutos y
aumentaba el número de víctimas.
Los tres funcionarios que atendían las llamadas en
la central recibieron varios mensajes de ciudadanos
espontáneos que creían haber percibido detalles
inusuales que podían ayudar en la investigación.
En este contexto se recibió una llamada, poco antes
de las 9.00 horas, en la que se explicaba que el
portero de una finca de la calle del Infantado de
Alcalá, Luis Garrudo, había visto a tres individuos
con atuendos sospechosos al lado de una furgoneta
Renault Kangoo aparcada enfrente, muy cerca de la
estación de tren.
Los policías de guardia recibieron el aviso y la
orden de presentarse en el lugar de los hechos.
Alrededor de las 9.00 horas, llegaron a la vez junto
a la furgoneta, aparcada en batería, las dotaciones
de un coche K, de los camuflados y con agentes de
paisano, y la dotación, de uniforme, de un coche Z.
El K se adelantó unos metros y aparcó su morro
delante del Z.
En el K viajaba un policía veterano, que había
estado de servicio en el País Vasco, y una agente
que se encontraba en periodo de prácticas. La
dotación del Z estaba compuesta por un policía
veterano y otro más novato, pero con mucha
preparación.
LA PRIMERA IMPRESION
Observaron la furgoneta con la precaución debida.
Tiraron de la manilla de la puerta del conductor. El
coche estaba cerrado y no tenía ningún signo de
haber sido violentado. Observaron desde los
cristales delanteros el interior y se sintieron algo
más tranquilos. Sólo vieron una tarjeta de visita
encima del salpicadero, una cinta de casete gris
transparente sin ninguna rotulación encima del
asiento del pasajero y un chaleco reflectante
amarillo, mal doblado y con signos de haber sido
usado, introducido en la estrecha bandeja que había
debajo del asiento del copiloto.
La zona de carga estaba separada de los dos únicos
asientos tan sólo por una rejilla de agujeros
amplios, a través de la cual se veía perfectamente
el interior. En la zona de carga no había nada. La
furgoneta estaba vacía.
Aunque esto les tranquilizó, el responsable del
coche Z consideró que seguía siendo un peligro
potencial, ya que su compañero había conseguido
pasar la matrícula a la central, tras algunos
intentos que se le hicieron eternos. Desde la
comisaría de Alcalá les avisaron de que la furgoneta
figuraba como sustraída según una denuncia del 28 de
febrero de 2004; es decir, 12 días antes.Se dirigió
al colegio cuya valla lindaba con la fila de coches
aparcados entre los que estaba la furgoneta y, por
su cuenta, decidió que el colegio debía ser
evacuado.
Afortunadamente, una puerta del centro educativo
daba a una calle paralela y la evacuación se efectuó
en orden y sin ningún contratiempo.
Desde la central les avisaron de que iban a mandar
hacia allí más refuerzos, entre los que estarían las
dotaciones de los Tedax, los encargados de
desactivaciones de explosivos y unidades de Guías
Caninos con perros expertos en detectarlos.
Se formó un cordón policial de seguridad al comienzo
de la calle, pero no se ordenó el desalojo de los
vecinos que se encontraban en los pisos cercanos. Sí
se avisó a los clientes de un gimnasio próximo para
que sacaran fuera de la zona los coches que tuvieran
aparcados en las inmediaciones.
Los policías que habían llegado a las 9.00 horas
tuvieron más de una hora para merodear alrededor de
la furgoneta antes de que llegaran, entre otros,
inspectores de la brigada antiterrorista de Madrid,
gente de Información con experiencia en la lucha
contra ETA. No hay que olvidar que las primeras
informaciones que se difundieron esa mañana y las
valoraciones de todos los líderes políticos,
incluidos los del Gobierno vasco, caminaban en esa
dirección.
En ese transcurso de tiempo volvieron a revisar el
interior de la furgoneta desde los cristales
delanteros y miembros de las dotaciones del K y del
Z corroboraron que en la zona posterior de carga la
furgoneta estaba vacía. Fue la misma impresión que
recibió el jefe del Grupo Local de Policía
Científica de Alcalá de Henares que, antes de las
11.00 horas, se hizo cargo de la investigación en el
lugar de los hechos.
Precisamente, esa impresión de que a primera vista
la furgoneta no tenía ningún objeto sospechoso es lo
que le impulsó a decidir, cuando llegaron los
perros, que lo mejor era abrir el portón trasero
para que pudieran olfatear el interior y asegurarse
así de que en el vehículo no existían vestigios de
que hubiera explosivos, ni de que los hubiera habido
con anterioridad.
No tenían llave, así que tuvo que forzar la puerta
con una palanqueta.No se le dio demasiado bien y
hasta hizo alguna broma sobre lo difícil que le
resultaba eso de robar coches. Y fueron los propios
policías del Z que habían llegado por la mañana los
que le ayudaron a abrirla. Fue entonces cuando
pudieron confirmar con más claridad que la furgoneta
estaba vacía.
A sus compañeros siempre les han comentado que, si
ellos o el inspector hubieran visto una simple bolsa
o cualquier otro objeto sospechoso, jamás se
hubieran atrevido a abrir la puerta.
Uno de los perros, Aníbal, había olfateado ya el
exterior del vehículo antes de que se abriera el
portón sin hacer ningún signo de que hubiera
explosivos. Después de que forzaran el portón, el
otro perro -una hembra- se introdujo en la zona de
carga y llegó olfateando hasta la rejilla diáfana
que separaba ese habitáculo de los asientos
delanteros, situados a escasos centímetros. El
animal salió inmediatamente y no hizo ninguno de los
signos característicos que alertan sobre la
presencia de sustancias explosivas.
A esas horas, ya habían llegado los distintos
inspectores y subinspectores que figuran en las
declaraciones contenidas en el auto del juez Juan
del Olmo.
El inspector con carné 65.239 no encontró nada
significativo.
El inspector 79.858, de la Brigada Provincial de
Información de Madrid, del grupo anti ETA, advierte
de «que no se dan los elementos exteriores
identificativos» que puedan vincular la furgoneta
con la organización terrorista de la que es
especialista.Ni con ETA ni con ninguna otra, porque
no advierte nada más.
El inspector 80.447, que llegó al lugar hacia las
11.00 horas, hizo gestiones en la estación de tren.
Ha declarado al juez Del Olmo que «vio todo el
desarrollo policial para entrar en la furgoneta»,
queriendo hacer especial mención de que «el único
que entró en la misma fue el perro de la Unidad
Canina». El policía declara también que su función
principal fue la de «asegurar que los elementos de
prueba que pudieran existir en el interior de la
furgoneta no se vieran alterados». Escoltó, además,
«en un vehículo policial, a la grúa que trasladó a
la furgoneta hasta la Comisaría General de Policía
Científica en Canillas».
Estuvo ayudado en esa labor por el policía 82.709,
quien corrobora lo anterior, además de afirmar que
se forzó el portón trasero para que pudiera entrar
el perro.
Pero la declaración más relevante por su cercanía
física a los hechos y por su especialización es la
del inspector jefe del Grupo Local de la Policía
Científica de la comisaría de Alcalá, el que ordenó
forzar la puerta.
«NADA ANORMAL»
En su primera inspección ocular desde el exterior,
Luis Martín Gómez no ve «nada raro que se aprecie a
simple vista». En la parte trasera no aprecia «nada
anormal», a pesar de que la rejilla que separa la
zona delantera de la zona de carga «es diáfana
completamente, no observando nada anormal ni que le
induzca a sospechar que pueda haber un artefacto».
Estamos hablando de un experto en Policía
Científica, no de un ciudadano cualquiera.Es decir,
alguien para quien una bolsa, un jersey o una caja
de herramientas resultarían sospechosos por poder
ocultar explosivo, o de enorme interés policial por
poder contener ADN de los usuarios del vehículo.
El propio Luis Martín, un hombre respetado en la
comisaría de Alcalá por sus conocimientos y su
integridad, describe al juez cómo fuerzan el portón
trasero para que pudiera introducirse el perro, sin
que éste olfateara nada sospechoso. También relata
cómo, más tarde, se introduce él mismo en la zona de
carga para desbloquear el pestillo de la puerta del
pasajero, metiendo el brazo a través de un hueco
lateral de la rejilla. Cómo, a continuación, sale de
la furgoneta y, ya en el exterior y después de
cerrar el portón trasero, abre la puerta
desbloqueada y, «sin llegar a sentarse en el
vehículo», coge la palanca de cambios y la pone en
punto muerto para que la grúa pudiera arrastrarlo.
¿Por qué no menciona en su declaración contenida en
el auto si ha visto una bolsa con detonadores o si
ha descubierto cualquier otra cosa en el interior de
la furgoneta? Pues porque Del Olmo,
incomprensiblemente, no se lo pregunta.
Claro que Luis Martín ya lo había dejado claro
durante su comparecencia en la Comisión de
Investigación del Congreso de los Diputados el 14 de
julio de 2004. En repetidas ocasiones, y sin que
nadie le hiciera el menor caso, aseguró que la
furgoneta estaba vacía.
«No vi nada que me llamara la atención en el
vehículo; vi una zona de carga que estaba en
principio vacía» [...] «La zona de carga está vacía,
que no hay nada ahí» [...] «Lo único que le puedo
decir es lo que veo y en el momento de entrar en el
habitáculo, quiero que quede muy claro, no se
aprecia absolutamente nada.No hay nada» [...] «Me
tuvieron que echar una mano [para abrir el portón]
porque, la verdad, es que esto de la palanqueta no
se me daba demasiado bien» [...] «En principio
habíamos visto que [la zona de carga] estaba vacía»
[...] «No veo ningún objeto que revistiera
peligrosidad. Si lo hubiera visto, hubiera llamado
al equipo de los Tedax». Los Tedax, a pesar de estar
anunciada su llegada, nunca se trasladaron a Alcalá.
OTRA REVISION
Cuando el inspector Luis Martín consideró que el
vehículo era seguro, procedió a preparar su traslado
a la comisaría de Alcalá para hacerle una revisión
más a fondo.
Cuando el coche ya estaba precintado y esperaba que
llegara la grúa, recibió la llamada de su comisario,
que le comunicó que el vehículo iba a ser trasladado
a Moratalaz, la sede de la Brigada Provincial de la
Policía Científica. Fue en el camino hacia Moratalaz
cuando se dio la orden de trasladar definitivamente
la Kangoo hasta la sede central de la Científica en
Canillas.
A las 19.00 horas de ese mismo día le comunicaron a
Luis Martín, para su sorpresa, que se había
encontrado una bolsa con detonadores debajo de un
asiento.
En la Comisión del Congreso, la diputada del Grupo
Mixto Uxue Barkos Berruezo preguntó al inspector:
«¿Puede usted certificar que allí no había nada a la
vista?», refiriéndose, como aclaró más tarde, a los
detonadores. «Lo certifico total y absolutamente»,
contestó. Más tarde, y ante nuevas preguntas,
añadió: «No encontré nada. Me refiero a nada que no
formara parte del vehículo como equipamiento básico,
como equipamiento estándar del vehículo».
Como figura en el auto, el juez Del Olmo tampoco
preguntó a los guías caninos si habían visto algo en
su interior. Estos se limitaron a corroborar que los
perros no olfatearon ninguna sustancia explosiva.
A algunos compañeros de los primeros policías que
acudieron a Alcalá y que inspeccionaron la furgoneta
desde el exterior les han preguntado por qué no
dijeron ante el juez que la furgoneta estaba vacía.
Su contestación es rotunda: «Porque no nos lo ha
preguntado. Si nos llama a declarar, así lo
atestiguaremos. No podemos comprender por qué ha
llamado a otros compañeros y no nos ha llamado a
nosotros, que estuvimos a solas con la furgoneta más
de una hora».
La gravedad del caso se pone de manifiesto cuando se
constata que en esa furgoneta vacía -al menos, en su
apariencia desde el exterior- la Policía encontró en
Canillas no sólo una bolsa con siete detonadores, un
trozo de cartucho con dinamita y una cinta con
versos del Corán, sino también casi un centenar de
objetos que se detallan en estas mismas páginas y
que se clasificaron en 61 evidencias. Las mismas que
el 12 de marzo, el día después de los atentados,
enseñaron al dueño de la furgoneta, José Garzón
Gómez, y que reconoció en su mayor parte como de su
propiedad.¿Cómo es posible que los policías no
vieran en el interior del vehículo todo ese cúmulo
de objetos, cuya mayor parte era imposible de
camuflar?
MENTIRA FLAGRANTE
Ha sido ya probado, y así consta en el sumario, que
la primera versión que se difundió sobre la
naturaleza de aquel resto de explosivo que dijeron
haber encontrado debajo del asiento del copiloto y
que el perro no detectó estaba fundamentada en dos
mentiras flagrantes.
No perderemos ni un minuto en recordar algo obvio.
El informe sobre la coincidencia entre esa dinamita
de la Kangoo y la encontrada en la mochila número 13
(la que se encontró y desactivó en la comisaría de
Vallecas en la madrugada del 11 al 12 de marzo)
estaba amañado.
El informe decía que en la dinamita de la mochila de
Vallecas se habían encontrado los mismos componentes
de la dinamita encontrada en la Kangoo de Alcalá.
Sin embargo, en el explosivo de la furgoneta había
metenamina, y en el de Vallecas, no. Además se
afirmaba algo igualmente falso: la metenamina es un
componente habitual de la dinamita. No es cierto.
Hubo de pasar un año para que alguien se diera
cuenta de este apaño y de esas mentiras. Fue cuando
la Guardia Civil de Toledo, la que investigaba la
mochila con explosivos encontrada en las vías del
AVE el 2 de abril de 2004, preguntó al juez Del Olmo
sobre la composición de la dinamita que se había
localizado en la Kangoo y en Vallecas. La pregunta
estaba planteada con muy mala intención.
Los investigadores de la Guardia Civil se habían
dado cuenta de que era absurdo que se hubiera dado
por bueno que la metenamina fuese un componente
habitual de la dinamita. El juez se enfadó y pidió
explicaciones a la Policía. Juan Jesús Sánchez
Manzano, el responsable del departamento de
desactivación, se limitó a decir que habían incluido
por error la palabra metenamina entre los
componentes habituales de la dinamita.
Es evidente que, pese a esta rectificación, en el
inconsciente colectivo quedó grabado para siempre
que los explosivos de Vallecas y los de la Kangoo
eran los mismos. El efecto político de aquella
afirmación ya no tenía vuelta atrás.
Pero lo más sorprendente, el detalle en el que aún
no se ha profundizado, es la explicación de por qué
aparecía la metenamina como un componente habitual
de la dinamita. En Canillas se entregaron al
laboratorio de la Policía Científica unos gramos de
la dinamita encontrada en la Kangoo y unos gramos de
dinamita, ya acreditada como tal.
Lo increíble es que en los dos restos se encontraron
componentes idénticos, incluida la metenamina, y en
la misma proporción.¿Cómo era posible que hubiera
metenamina en la dinamita certificada como tal, si
ese componente no figura entre los elementos que
componen ese tipo de explosivos?
Sólo puede tener una explicación. La dinamita de la
Kangoo y la muestra certificada como tal tenían la
misma composición, incluido el mismo tipo de
contaminación con metenamina y en la misma
proporción, porque eran dos trozos de la misma
dinamita.Todo indica que procedían del mismo lugar.
Los que habían afirmado que las dinamitas de la
Kangoo y la de Vallecas eran la misma se dieron
cuenta de que el detalle de la metenamina reventaba
la historia que habían sostenido. Pero la mentira
continuada había hecho su efecto.
Pero eso no es todo. También era falso que los
restos de dinamita encontrada en la furgoneta Kangoo
procedieran necesariamente de Mina Conchita, en
Asturias.
ENVOLTORIO MARRON
El trozo de cartucho con los restos de dinamita que
se encontraron en la furgoneta Kangoo tenía un
envoltorio de color marrón. La dinamita con esas
características se había vendido, en los meses
previos al 11-M, en toda España -Granada, Cantabria,
Vizcaya, Asturias, León, Navarra, Avila, Segovia,
etcétera- y en tres países extranjeros -Portugal,
Italia y Francia-. Ese simple detalle echaba por
tierra la versión de que «sólo» pudo salir de Mina
Conchita la dinamita empleada en los atentados.
Manzano afirmó, sin embargo, que, «teniendo en
cuenta las cantidades y las fechas, esta Unidad
sigue considerando Mina Conchita y Mina Arbodas como
los lugares de los que salieron los explosivos de
los atentados».
La afirmación se hace nueve días antes de que la
Policía encontrara entre los restos del piso de
Leganés los envoltorios -¿marrones o blancos?- con
las numeraciones de los cartuchos presuntamente
empleados en los atentados. El estudio de la
procedencia de esos dígitos aleja aún más la certeza
de que la dinamita saliera de Mina Conchita.
El 1 de junio de 2004, la Guardia Civil redacta para
Del Olmo un «informe final» -así lo llaman
exactamente- sobre el origen de los explosivos,
basado en las numeraciones de los envoltorios de
Leganés facilitados por la Policía. Los datos son
demoledores para la versión oficial. Es cierto que
las cuatro series encontradas se vendieron a Mina
Conchita, pero no es menos cierto que en esas fechas
esas mismas numeraciones también se vendieron en
otras muchísimas explotaciones que no enumeramos
para no aburrirles.
Después de estos datos, las conclusiones de la
Guardia Civil sólo pudieron ser las que fueron:
cartuchos con las series de dígitos encontradas en
Leganés llegaron a Mina Conchita y a decenas de
explotaciones más. Por tanto, «no se puede afirmar
con absoluta certeza que los cartuchos hallados en
el piso de Leganés, con las numeraciones citadas,
procedan de Mina Conchita, ya que otras muchas
explotaciones, tanto en España como fuera del
territorio nacional, han consumido cartuchos con las
numeraciones investigadas».
Ni siquiera la autoinculpación de José Emilio Suárez
Trashorras convenció a los investigadores de la
Guardia Civil. En el mismo informe del 1 de junio de
2004 reseñan una grave contradicción en las
declaraciones de Emilio. Entre otras cosas, éste
declaró -como hemos tenido oportunidad de
pormenorizar en otros Agujeros- dentro del contexto
del viaje de El Chino a Asturias que... «por la
tarde abrió el maletero y vio que estaba vacío, y
por la noche el maletero estaba lleno, con la bolsa
verde, y el maletero iba lleno y tapado, cada bolsa
verde pesa 2,5 kilos y es de forma cilíndrica...».
La Guardia Civil considera radicalmente falsas estas
primeras declaraciones de Emilio y no nos olvidemos
de que más tarde las rectificó ante el propio juez
sin que ya nadie le hiciera caso.
La Guardia Civil no cree en la veracidad de la
primera versión de Emilio y lo explica: «Ninguna de
las numeraciones halladas en Leganés y que son
objeto de investigación pudo ir contenida en una
bolsa como la descrita por Emilio Suárez, ya que las
de ese tipo, cilíndricas y que contenían 2,5 kilos
de explosivo, dejaron de fabricarse en noviembre de
2002, un mes después de que Emilio Suárez abandonara
definitivamente su trabajo de minero en Mina
Conchita».
No puede ser más contundente. ¿Quieren seguir
asombrándose? En las diligencias del agente del
Cuerpo Nacional de Policía número 8.470, realizadas
el 17 de marzo de 2004, se da una nueva versión,
hasta ahora inédita, del viaje de El Chino a
Asturias el 28 de febrero: «[...] E inmediatamente
después de haber pasado por Soto de la Barca, lugar
donde está la cantera desde donde se hurtaron los
detonadores y explosivos», llaman a Emilio. «Según
parece, los individuos que habían subido a recoger
la mercancía no consiguieron encontrar la cantera,
por lo que decidieron llamar a José Emilio». Ahora
resulta que la Policía afirmó, seis días después de
los atentados, que los explosivos no se robaron en
Mina Conchita, sino ¡en una cantera de Soto de la
Barca!
Además de restos de explosivo y detonadores, en la
Renault Kangoo encontrada en Alcalá el 11-M, se
hallaron, en Canillas, prendas de ropa con distintos
ADN. Algunos de ellos coinciden con los atribuidos a
tres de los islamistas radicales que murieron el 3
de abril de 2004 por una explosión en el piso de
Leganés.
El día 12 de marzo, el propietario de la furgoneta
-había denunciado su robo el 28 de febrero- declaró
voluntariamente. No tuvo dificultad en reconocer
numerosas pertenencias personales, como bolsas,
chalecos reflectantes de fútbol, paraguas, ropas,
periódicos, agendas, carteras y hasta un botellín de
zumo de la marca Granini.
EL GUANTE 'AZUL'
Ya en esa declaración tuvo que reconocer que se
había equivocado cuando en la denuncia de la
sustracción del vehículo afirmó que tenía 36.100
kilómetros. En realidad marcaba 36.810. Parece un
error sin importancia, pero no lo es, ya que la
versión oficial dijo, desde el comienzo, que en esa
furgoneta robada se había viajado a Burgos para
recoger el explosivo que transportaba El Chino desde
Asturias. Con el kilometraje real era imposible que
eso hubiera sucedido. Después del robo, los ladrones
no utilizaron el vehículo más de 200 kilómetros,
como se demostró más tarde.
En su declaración del 11-M, José Garzón Gómez no
reconoció «con seguridad como de su propiedad» un
peine, una bufanda, un guante negro, dos linternas
ni, por supuesto, la cinta de casete con caracteres
árabes, ni otras dos del Dúo Dinámico y Clásicos de
Oro.
Tampoco reconoce como suya una bolsa negra con el
logotipo Jursa, empresa industrial de aves con
domicilio en Villarcayo y delegación en Zorroza
(Vizcaya).
Sobre el guante hace una apreciación que luego
resultará muy interesante. Es un guante de lana
negro de tamaño pequeño. Al examinarlo, dice que
puede ser de su nieto. Es precisamente en ese guante
donde se encuentra el ADN de los terroristas, aunque
no se sabe por qué desde ese momento, y a lo largo
de todo el sumario, se refieren a él como «un guante
azul». Entre las 61 evidencias encontradas dentro de
la furgoneta en Canillas figuran multitud de
objetos, pero ninguno es un guante azul.
PIE DE FOTO TITULADA
LOS DOS PERROS DE LOS GUIAS CANINOS NO ENCONTRARON
NADA
La imagen superior es una fotografía similar a la
que aparece en el sumario del juez Del Olmo y en la
que se ve la bolsa de basura azul en la que la
Policía de Canillas encontró siete detonadores y un
trozo de cartucho con una pequeña cantidad de
dinamita. La bolsa estaba debajo del asiento del
copiloto. Sin embargo, aquella mañana, ni un perro
desde el exterior ni el que entró en la zona de
carga y olisqueó junto a los asientos detectaron
ninguna sustancia explosiva |