Se llama Francisco Javier Gascón y
fue uno de los pocos nombres de policías que pudimos
conocer en las sesiones del juicio sobre los atentados.
Ahora está retirado y recibe tratamiento psicológico. No
ha podido soportar las mentiras de sus propios
compañeros de la comisaría de Gijón que han ocultado al
juez Del Olmo, durante varios años, que Francisco Javier
Lavandera llegó un 8 de julio de 2001 para informar con
detalle de una banda de jóvenes de Avilés que presumía
de traficar con drogas, coches, armas, documentos,
dinero falso y explosivos, y que buscaba a alguien que
supiera fabricar bombas con móviles. Gascón era el
responsable de la Oficina de Denuncias. Lavandera,
delante de él, contó por tres veces a altos mandos de la
comisaría todo lo que sabía sobre el asunto. Los mandos
lo ocultaron. Luego, negaron que la visita se hubiera
producido. Gascón cuenta, ahora, la verdad.
El inspector
Francisco Javier Gascón tiene una mirada risueña.
Durante 25 años ha sido policía por vocación. Se quedó
viudo en 1999 y un amor rejuvenecedor le llevó a
trasladarse a Asturias, en la primavera de 2001.
No llevaba ni tres meses al frente de la Oficina
de Denuncias de la comisaría de Gijón cuando un domingo,
hacia las 20.00 horas, se presentó ante él un joven no
muy alto, muy fuerte, con un aspecto peculiar. Tenía la
cabeza rapada y en el lado derecho, encima de la oreja,
llevaba tatuado un escorpión de varios colores.
Su experiencia atendiendo a todo tipo de personas le
hizo tomarse en serio el relato de aquel muchacho, que
confesó desde el principio que era portero de un club de
alterne de las afueras de Gijón, El horóscopo. Gascón
-que, como ya hemos dicho, llevaba pocas semanas en la
ciudad- no conocía ese local.
Francisco Javier Lavandera le contó con todo detalle
la existencia de una banda de jóvenes, procedentes de la
zona de Avilés, que presumían de hacer negocios con
drogas, coches de segunda mano y dinero falso. También
alardeaban de poder proporcionar una gran cantidad de
explosivos y de tener contactos con ETA. Además,
buscaban a alguien que supiera fabricar bombas con
teléfonos móviles.
El policía le dijo que por qué le habían hecho a él
esa pregunta. Lavandera le contestó que había formado
parte de un grupo de élite del Ejército y que en El
horóscopo todos lo sabían y que, tal vez por eso, se lo
preguntaron.
UN DOMINGO DE JULIO
El inspector Gascón creyó que no podía pasar por alto
aquellos datos, a pesar del aspecto del informante.
Lavandera dejó claro que no pretendía hacer una denuncia
contra nadie. Sólo intentaba aportar una información que
consideraba importante. No había acudido antes a la
Policía porque hasta el 8 de julio de 2001 no tuvo
pruebas de que aquello iba en serio.
Había sido precisamente aquel domingo, unas horas
antes, cuando Lavandera tuvo un encuentro casual, en una
calle de Gijón, con Antonio Toro Castro. Este le enseñó
en el maletero de su coche una gran cantidad de
explosivos y detonadores. Ese mismo testimonio lo
aportaría más tarde tanto en el juicio de la denominada
operación Pípol como en el del 11-M.
Lavandera contó aquel mismo día en comisaría ese
encuentro y aportó la marca y el color del vehículo en
el que Toro llevaba los explosivos: un Citröen Xsara
dorado.
Al inspector Gascón todo aquello le pareció lo
suficientemente llamativo como para avisar a sus
superiores.
«Lavandera», ha comentado a EL MUNDO el inspector
Gascón, «me contó, en aquel primer encuentro, que
aquellos presuntos delincuentes eran clientes asiduos
del club donde trabajaba, sobre todo los fines de
semana, y que gastaban dinero en abundancia».
«Me dijo que no había podido quedarse con la
matrícula del coche de Toro. Eso, y el tiempo
transcurrido desde que había visto el vehículo hasta que
se presentó en comisaría hizo que no considerara
necesario alertar a los radio patrullas del 091. Aquel
vehículo podía estar ya en cualquier parte y yo sólo
tenía jurisdicción sobre Gijón».
Hacia las 20.30 horas de aquella tarde, Gascón
telefoneó a la Brigada de Información de la comisaría.
«Los de Incidencias ya se habían marchado. Entonces
recuerdo que mi jefe más directo, el responsable del MGO,
el Módulo General Operativo, estaba en comisaría. Era el
inspector jefe José Ramón García. Se trataba de un
policía muy experimentado. Le llamábamos El Oso.
Procedía de los míticos inspectores contra atracos de
Barcelona. Yo mismo había estado destinado en esa ciudad
y pude vivir algo del espíritu de aquellos tiempos»,
añade.
LA MISMA VERSION, TRES VECES
«García, a pesar de ser domingo, estaba a esas horas
en comisaría. Tenía por costumbre venir a consultar las
denuncias que se hacían durante el día. Lo llamé y le
presenté a Lavandera. Este repitió lo mismo que me había
contado. Estaba presente también el jefe de día, que
había acudido hasta mí para despedirse. Se trataba del
comisario Manuel Ferrero».
«El jefe del MGO comentó en aquel momento que aquello
parecía más un asunto de la Policía Judicial. Minimizó
la información sobre los explosivos, diciendo que
aquello era cosa de mineros. El jefe de día puntualizó
que también podía ser cosa de pescadores. El mismo era
pescador y conocía ese ambiente. Yo llevaba muy poco
tiempo en Asturias y no tenía criterio para saber si el
manejo ilegal de explosivos era frecuente o no entre los
mineros o los pescadores».
El comisario Ferrero se marchó enseguida, excusándose
en que tenía prisa. Fuimos al despacho del inspector
jefe José Ramón García. Se sentaron él y Lavandera a un
lado y a otro de la mesa. Yo me mantuve de pie; era el
único que estaba de uniforme. Lavandera volvió a repetir
su relato por tercera vez y esta vez el jefe del MGO
tomó nota y escribió todos los detalles, nombres,
lugares y fechas».
«Cuando Lavandera terminó, el inspector jefe le dio a
firmar aquellas notas, pero no quiso hacerlo. El estaba
dispuesto a informar pero no quería que su nombre
constara en ninguna denuncia ni declaración».
«Al salir de la comisaría vi que Lavandera estaba
decepcionado. Se iba con el convencimiento de que no le
habían hecho caso. Yo le dije que estaba equivocado, que
no se preocupara, ya que había hablado nada menos que
con dos jefes responsables, uno de la Brigada Judicial y
el otro un jefe operativo de los MIP».
VARIOS AÑOS DE OLVIDO
Pasaron varios años y aquel asunto quedó, para el
inspector Gascón, en el olvido. Sus jefes sabrían lo que
tenían que hacer con aquella información. Llegaron los
atentados del 11-M y, pocos días después, se publicaban
datos sobre la posible implicación del ex minero Emilio
Suárez Trashorras.
Lavandera, al enterarse de esas informaciones, habló
con el diario El Comercio, de Gijón, para contar que
Trashorras y Toro le habían ofrecido dinamita hacía tres
años y que él había acudido a la Policía y a la Guardia
Civil para denunciarlo. Un artículo con esos datos se
publicó el 26 de marzo de 2004.
«Esa misma mañana», continúa su relato el inspector
Gascón, «el comisario responsable de la comisaría de
Gijón, José Villar del Saz, que venía de tomar un café
con el secretario, el inspector de Servicios y -creo- el
jefe de la Unidad de Proximidad, entró gritando en el
vestíbulo lanzando improperios sobre '¡quién coño había
hablado con el tal Lavandera!' Me dirigí al comisario,
en presencia de los demás, y le dije que no hacía falta
que gritara porque ese individuo era yo. Me pidió que
subiera con él a su despacho. Fue allí donde le conté
con pelos y señales mi conversación con Lavandera, en
presencia de otro policía, no sé en este momento si era
el secretario o el inspector de Servicios. De lo que sí
estoy seguro es de que, desde las 11.00 horas de ese 26
de marzo de 2004, el comisario Villar tuvo perfecto
conocimiento de la visita de Lavandera a la comisaría,
en 2001».
«Me preguntó si había dado cuenta por escrito y le
dije que no, que había pasado el tema a un superior. En
aquel momento no le di el nombre. El me dijo que no me
preocupara, que él averiguaría los detalles de lo que
había sucedido con aquello. Le di el nombre de José
Ramón García dos semanas más tarde».
«El comisario supo que no había ninguna denuncia
firmada. Eso le sirvió para asegurar en el juzgado y
ante los medios que la denuncia de Lavandera no existía.
Pero él sabía por mí que Lavandera nos había dado la
información».
«Las cosas no se mueven hasta que, el 16 de octubre
de 2004, aparece en los medios la cinta de Cancienes, la
grabación donde Lavandera informaba a la Guardia Civil
[en agosto de 2001] de los mismos hechos que nos había
contado a nosotros. El 10 de noviembre, EL MUNDO desveló
su contenido íntegro. En un escrito fechado en
septiembre, el comisario Villar afirmó que el asunto de
Lavandera era totalmente desconocido en la comisaría de
Gijón».
«El mismo día 10 de noviembre Villar me pidió que le
ratificara si el inspector jefe José Ramón García había
sido el interlocutor de Lavandera. Quería que lo pusiera
por escrito. Yo se lo confirmé, pero no lo quise
escribir hasta no haber hablado con el interesado. Me
pidieron que hiciera una minuta que, sin negar la
presencia de Lavandera en comisaría, lo dejara todo en
forma difusa. Así lo hice. Es la primera nota que yo
firmé, en la que aseguro que todas las personas que
habían acudido a la Oficina de Denuncias con información
de utilidad habían sido desviadas a las brigadas
correspondientes. También decía que no recordaba, por el
tiempo transcurrido, qué personal fue atendido»,
prosigue Gascón.
EL INSPECTOR JEFE LO NEGO TODO
«Esa minuta la ideamos el comisario, el secretario y
yo en el despacho del primero, en la tarde del 10 de
noviembre de 2004. Después de enseñársela a ambos y de
que les pareciera bien, yo la firmé».
«Después de presentarles esa minuta hicieron un
escrito, al día siguiente, que remitieron vía fax a la
Jefatura Superior de Asturias y que, ignoro por qué
causa, fecharon como si estuviera hecho el 15 de
septiembre. Esa misma mañana me hicieron una encerrona
en la cafetería Arrieta, encarándome con el inspector
jefe García. El comisario le dijo que yo le señalaba
como la persona que habló con Lavandera en 2001. El lo
negó rotundamente».
«Presionados por el fiscal Herrero, el día 18 de
noviembre de 2004 el comisario Villar y el secretario,
José Rivero, redactaron una segunda nota, en el despacho
de éste último y en mi presencia. En ella yo reconozco
que se me hace familiar la imagen de Lavandera y que
creo que vino a comisaría para facilitar información,
pero que sigo sin recordar a qué persona informó. Les
puse como condición para firmarla que añadieran un
tercer párrafo en el que se dijera que era Lavandera
quien mejor podía decir de qué habló y con quién».
«Pasaron unos meses y nadie me preguntó nada más ni
me informaron sobre las gestiones realizadas. Hasta que
me llegó el rumor de que iban a culpar a Saavedra, un
inspector jefe de Información encargado de la lucha anti
ETA, de ser quien recibió las confidencias de Lavandera.
Fue un calvario para él. A Saavedra le impidieron pasar
a segunda actividad. Ahora está retirado».
«Yo fui a Madrid, como testigo en el juicio del 11-M,
dispuesto a contar todos los detalles de lo que sabía
sobre la información aportada por Lavandera. Para mi
asombro, nadie me preguntó nada, aparte de algunas
generalidades. Sólo pude confirmar que Lavandera había
acudido a comisaría a contar su historia, en julio de
2001, pero no pude aclarar todas las mentiras que se
fraguaron para no corroborar durante años esa
información».
«Ha desaparecido de su sitio el libro de relevos de
la Inspección de Guardia correspondiente a julio de
2001. El comisario Villar fue trasladado a Cáceres, en
junio de 2006. Durante varios meses, su familia siguió
ocupando la vivienda de la comisaría. El venía a Gijón
los fines de semana. Tenía copia de las llaves de los
despachos. De hecho, le pillaron en una noche de fin de
semana en el despacho de su sustituto, el comisario
Canedo. Estos hechos fueron denunciados por el SUP, el
Sindicato Unificado de Policía, en su reunión del mes de
julio de 2006. Se cambiaron los bombines de las puertas
de los despachos de la comisaría».
«Tal vez lo más grave de todo este asunto es que los
que recibieron la información de Lavandera en la noche
del 8 de julio de 2001 fueron los que negaron por
escrito, según consta en el sumario del 11-M, la visita
del informante».
LAS MENTIRAS DE LAS MINUTAS
El 18 de noviembre de 2004, el entonces jefe superior
de Policía de Asturias, Juan Carretero, envió a la
Subdirección General Operativa de la Policía un escrito
en el que se incluyó el informe del comisario jefe de
Gijón, José Villar del Saz, con las minutas de los
policías sobre el asunto. En ellas, el inspector jefe
José Ramón García afirmaba que 'no tuvo relación alguna,
ni personal ni profesional, con el denominado Fran el de
las serpientes. Ni tuvo conocimiento de que hubiese
estado en la comisaría con funcionario alguno'».
Igual de tajante se mostró el otro jefe de la
comisaría que, según el inspector Gascón, conversó con
Lavandera en la tarde noche del 8 de julio de 2001,
Manuel Ferrero. En su minuta podemos leer sobre «el
informador de la Guardia Civil Lavandero» que «no
existió en ningún momento información al respecto por
parte de responsable alguno de unidad policial», y que
«las gestiones realizadas por esta Inspección al
respecto no han dado resultado alguno esclarecedor hasta
el día de hoy sobre la realidad de la supuesta
presencia» de Lavandera en comisaría.
Para Gascón, está claro. «Mis jefes prometieron
investigar la visita de Lavandera y lo que hicieron fue
ocultarla. Lo peor es que era gente en la que yo
confiaba plenamente, con la que jugaba una partida de
cartas todos los días. Mintieron, y estoy dispuesto a ir
a cualquier sitio para demostrarlo», afirma.
El inspector Gascón está muy seguro del paso que ha
dado. «Han llegado las cosas a un punto que tengo que
soltar mi historia. Me han tenido engañado y han querido
responsabilizarme de todo. Ahora, que cada palo aguante
su vela».
No ha tenido inconveniente en encontrarse con
Lavandera. Seis años después de aquel 8 de julio de
2001, se han visto las caras de nuevo en Gijón. El
encuentro ha sido sincero y cordial. Han contrastado sus
recuerdos sin reproches. Ambos coinciden en que aquel
gesto de buen ciudadano que tuvo Francisco Javier
Lavandera, al acudir a comisaría para contar lo que
sabía, fue el detonante de una pesadilla que les
perseguirá todo el resto de sus días.