Sólo un animal sin entrañas podría
golpear a un bambi de pocos meses con un bate. O colgar
hasta morir a un pequeño muflón después de haberle roto
dos patas. O ensañarse con un perro, disparándole dos
tiros para luego colgarle del cuello en una verja.
Eso es lo que hicieron
la noche del 17 de julio con los animales de la pequeña
granja que tiene Francisco Javier Lavandera, el testigo
más incómodo del 11-M, la persona que ya en 2001 informó
sobre la trama de los explosivos. El 5 de julio le
dispararon cinco tiros cuando llegaba a esa misma finca
en su automóvil.Sólo la fortuna y la rápida reacción del
atacado lograron que saliera del trance casi ileso.
Pero el acoso a que está siendo sometido y las graves
amenazas continúan desde que el juez Juan del Olmo
decidió quitarle la condición de testigo protegido.
Nadie le ha ofrecido protección de nuevo, ni siquiera
después del atentado. Ahora se han ensañado en sus
animales, algo muy importante para él.
El día 18 de julio, como otros muchos días, Lavandera
llegó hacia las nueve de la mañana a su pequeña granja.
En la puerta metálica de entrada al recinto pudo ver un
charco de sangre reseca entre la hierba. No escuchó los
ladridos de su perro Blas, un rottweiler, y le extrañó
que no saliera a recibirle.
No podía porque estaba muerto. Lo habían colgado por
el cuello en la verja provisional del cobertizo después
de haberle disparado dos balazos en el costado.
Pronto pudo ver que los desalmados se habían empleado
a fondo con otros muchos de sus animales. Sol, el enorme
y viejo mastín, había recibido muchos golpes. Le había
salvado la visa el hecho de estar encerrado. Sólo
pudieron golpearle desde el exterior cuando se acercaba
a la verja. Lavandera no dejaba a los dos perros sueltos
en el mismo lugar porque terminaban peleándose.
De la pareja de muflones, sólo quedaba uno y
malherido. Al otro lo habían desnucado después de
romperle las patas traseras. Estaba también colgado de
otra verja. La visión era macabra porque los dos
jabalíes, salvajes pero bastante domesticados por la
habilidad de Lavandera, le habían devorado ya una parte
del costado, al haber quedado su cuerpo a ras del suelo.
Las imágenes, que han quedado registradas por la
cámara de vídeo de un amigo de Lavandera, son patéticas.
Los atacantes sólo querían destruir, provocar destrozos
para que el dueño sufriera un nuevo golpe psicológico.
No quiere denunciar
Una carretilla presentaba grandes manchas de
sangre. Sin duda fue el soporte en el que trasladaron al
perro Blas desde la verja donde le mataron hasta aquella
en la que le colgaron. Precisamente en la verja donde le
dispararon hay alambres que tienen signos claros de
haber sido mordidos desesperadamente por el propio
perro. Vio que llegaban sus atacantes y trató de
hacerles frente.
Lavandera no ha querido denunciar los hechos. Cree
que divulgarlo no le beneficia demasiado y puede servir,
sin embargo, a los intereses de los agresores. Está
convencido de que con toda esa violencia pretenden que
termine perdiendo los nervios y haciendo alguna
tontería.
«Son capaces de decir ahora que he sido yo el que he
matado sádicamente a mis propios animales. Ya lo
intentaron cuando el atentado de hace dos semanas. La
primera versión que quisieron difundir fue la de que yo
mismo había disparado contra mi coche. Luego se dieron
cuenta de que eso era imposible de sostener. A mí me da
lo mismo lo que piense nadie. Esta es una nueva y grave
agresión. Están empeñados en que no llegue a testificar
en el juicio del 11-M. Pero no saben que cuanto más me
acorralan más estoy dispuesto a defender la verdad,
caiga quien caiga».
Lavandera tuvo que soportar el confuso suicidio de su
mujer, Lorena, que perdió la vida en otoño de 2004 al
ahogarse en la playa de Gijón, un mediodía y a la vista
de todo el mundo.
Más tarde recibió en su domicilio las fotos de la
autopsia de Lorena con una frase en el sobre que decía:
«Para que te acuerdes de tu mujer.» También en aquella
ocasión las Fuerzas de Seguridad se permitieron poner en
duda esos datos.
La presión ha continuado en forma de llamadas
anónimas constantes. El portal de su piso amaneció un
día manchado con sangre.
Luego ha llegado el atentado, los cinco disparos
recibidos cuando estaba en su coche. Y ahora, han matado
salvajemente a sus animales. No puede haber una presión
más dura sobre alguien cuyo único delito fue denunciar
en 2001, primero ante la Policía y más tarde ante la
Guardia civil, que un grupo de asturianos, Antonio Toro
y Emilio Suárez Trashorras, estaban tratando de vender
grandes cantidades de dinamita y pretendían encontrar a
alguien que pudiera fabricar bombas con teléfonos
móviles.
¿Qué es lo que pretenden los agresores de Lavandera?
¿Intentan que no llegue a declarar ante el juez del 11-M
lo que sabe?
Aviso de un político
Pese a todas las amenazas y aunque ha estado a
punto de costarle la vida, Lavandera está decidido a
llegar hasta el final.
En lugar de prestarle protección, un político local
le llamó, antes de la matanza de sus animales, para
advertirle de que sería conveniente que dejara aquella
finca y no se acercara más por allí porque «a esa zona
van a pasar el día o a merendar muchos niños y sería una
desgracia que hubiera otro tiroteo y les pudiera pasar
algo.»
Las convicciones naturalistas de Lavandera le han
llevado a arrastrar a su perro Blas muerto, el mismo que
le acompañó en sus patrullas de vigilante jurado durante
varios años, hasta la ladera de un monte, a poca
distancia de la finca, para que pueda servir de alimento
a otros animales.
«Ya está muerto y eso no se puede arreglar. Ahora
tiene que seguir el ciclo de la vida. Si sirve para que
los buitres u otros animales sobrevivan, por lo menos su
muerte tendrá algún sentido».
Adiós al sueño del zoo educativo
GIJON.- Lavandera sabe que su sueño de ampliar la
granja para hacer un zoo con animales autóctonos para
que pudieran visitarlo los escolares se ha desvanecido.
Ha vendido o regalado a la mayor parte y está a la
espera de poder soltar en el monte a la pareja de
jabalíes y a sus tres crías.
Fue la amabilidad de la dueña de la gran finca
situada en el monte Deva, muy cerca de Gijón, la que
permitió que Lavandera consiguiera reunir un montón de
animales. En los últimos meses había limpiado lo que fue
una granja de visones y había levantado vayas metálicas
alrededor para albergar a sus ejemplares exóticos.
En la pequeña granja de Lavandera, mantenida sin el
menor ánimo de lucro, se mezclaban palomos romanos con
capuchinas. Gallinas de Brasil con africanas. Ratas de
campo, cuervos, gansos, ocas, codornices, corderos,
cerdos de Vietnam, muflones de Camerún, pavos
americanos, cabras enanas, corzos y una larga lista más.
Su gran preocupación era reunir dinero para darles
pienso suficiente. Tenía una relación muy personal con
todos esos animales. A la pareja adulta de jabalíes se
la trajeron del monte, donde los habían encontrado en
estado salvaje. Su paciencia y su dedicación les
hicieron relativamente dóciles. Les había enseñado
incluso a tumbarse para que se hicieran los muertos.
A Sol, el mastín apaleado, le tiene un especial
cariño. Llegó a pesar 100 kilos. Desde que murió el
padre de Lavandera, su verdadero dueño, el animal casi
no come y ha caído en una especie de letargo. El zoo de
Lavandera ha quedado destruido y con él sus últimos
sueños.