La apertura del curso político
coincide con el naufragio definitivo de la versión
oficial de los atentados del 11-M. Si durante el mes de
julio nuestras revelaciones pusieron en evidencia que no
está demostrado que fuera Goma 2 lo que estalló en los
trenes y abrieron el gran misterio sobre los explosivos
de la masacre, septiembre se inicia marcado por una
nueva revelación sobre la mochila de Vallecas, la prueba
sobre la que pivota todo el sumario y cuya validez queda
definitivamente en entredicho.
No lo dice EL MUNDO sino la propia Comisaría de
Información en el informe en el que resume a petición
del juez sus pesquisas sobre los atentados y en el que
sostiene que la mochila «pudo ser manipulada por
personas no identificadas en el Ifema». La base de esta
sorprendente afirmación es que se ha encontrado en el
asa de la bolsa un rastro de ADN que no se corresponde
con el de ninguno de los terroristas hasta ahora
identificados. Lo que dice el informe deja en el aire
dos preguntas. La primera es por qué los policías creen
que la bolsa fue «manipulada» precisamente en Ifema y no
en la estación de El Pozo o en la Comisaría de Puente de
Vallecas. La segunda es por qué proclaman que el ADN
pertenece a una persona ajena a la preparación de los
atentados y no a un terrorista desconocido. Es evidente
que quienes redactaron el informe saben más de lo que
dicen, lo que no es sino otro motivo más -y ya son
tantos- para pedir una auditoría independiente de la
turbia investigación de los atentados.
Lo que hoy revelamos no hace sino subrayar las
mentiras que difundió la propia Dirección General de
Policía -y amplificaron sus medios afines- cuando EL
MUNDO desveló en marzo que el policía que supervisó la
recogida no reconocía la mochila ni garantizaba que no
se hubiera roto la cadena de custodia. Interior salió al
paso entonces diciendo que era imposible que alguien
hubiera accedido a los objetos ni en El Pozo ni en Ifema,
pues había sido depositados según la versión oficial en
unos bolsones cerrados que sólo se abrieron en la
comisaría de Puente de Vallecas. A la luz del informe
que revelamos hoy, es evidente que esas explicaciones no
son ciertas y que los investigadores creen que la prueba
que cambió la historia del 11-M -y tal vez la de la
España democrática- fue «manipulada» durante esas horas.
Los datos que hoy revelamos serían por sí solos muy
inquietantes, pero lo son más en el contexto de todos
los misterios de la masacre. Nuestro periódico publica
hoy, a modo de orientación, un bosquejo de los
principales enigmas que ayudará a recapitular a los
lectores que hayan podido perder el hilo de la
investigación durante el verano. Dos años y medio
después, nadie puede probar qué explosivo estalló en los
trenes ni cuáles fueron los autores de la masacre pese a
que prácticamente todos los imputados eran confidentes
policiales. La validez de los tres eslabones que
vinculan a los islamistas con la masacre -la Kangoo, la
mochila y el Skoda- se ha derrumbado en los últimos
meses y ni el juez ni la policía han indagado a fondo en
las conexiones entre la banda de El Chino y ETA.
Sabemos que las novedades que hoy publicamos serán
acogidas con el desdén y el escepticismo habitual por
quienes despachan cualquier dato nuevo como parte de una
etérea teoría de la conspiración, pero sin duda serán
leídas con avidez por aquéllos que no se han dejado
vencer por la pereza intelectual y la cerrazón ética. En
todo caso, EL MUNDO no dejará de cumplir con su
obligación: investigar hasta conocer el quién, el cómo y
el porqué que se esconden detrás del atentado. Pronto
tendrán nuevas muestras de ello.
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