Antonio Barrientos nunca ha sido un
alcalde más del PSOE. Y lo sabía. Y lo utilizaba. Ocurre
a menudo con dirigentes políticos que se rodean de un
aura de impunidad que los hace incombustibles: siempre
habrá un cargo público para ellos. Barrientos, a pesar
de su juventud y de su escasa tradición de militancia en
el PSOE, se rodeó pronto de ese aura de impunidad. Con
ella guardaba un secreto que ha podido comenzar a
desvelarse esta semana, con la operación Astapa y la
investigación judicial que vincula la corrupción
urbanística en este municipio con la financiacion ilegal
de los socialistas. ¿Esa era la clave, el secreto que
utilizaba Barrientos para recibir un trato de favor en
el PSOE?
La llegada de Antonio
Barrientos a la Alcaldía de Estepona se produce, como se
ha repetido estos días, de una forma inesperada, cuando
el anterior alcalde socialista de la localidad, Antonio
Caba, se ve forzado a dimitir al verse involucrado en un
escándalo de blanqueo de capitales procedentes del
narcotráfico. Caba se marcha en abril de 2001 y lo
sustituye en el cargo Barrientos, que era el sexto de la
lista. ¿Por qué él?
José Luis Rodríguez Zapatero no llevaba entonces ni
un año como secretario general de los socialistas, y la
crisis de Estepona fue una de las primeras que se vio
obligado a gestionar. José Blanco elogió la dimisión de
Caba y la nueva Ejecutiva socialista apoyó como
sustituto a una «cara nueva».
Así subió la figura de Antonio Barrientos, que no
había cumplido aún los 40 años y que fue presentado en
Estepona como «un ejemplo de la renovación y del cambio
tranquilo de Zapatero» quería «imprimir en el partido».
El propio secretario general acudió a Málaga un día
antes de la elección de Barrientos para mantener con él
un breve encuentro y expresarle su apoyo.
El nuevo alcalde mantuvo la alianza política de su
antecesor -la de todas las fuerzas antigilistas: PP,
PSOE, PA e IU- hasta que los populares firmaron una
polémica moción de censura en noviembre de 2001 con
siete ediles del GIL, que abandonaron ese partido y se
inscribieron como militantes del PP.
En las elecciones de 2003, el PP se impuso a
Barrientos, que ya entonces controlaba el PSOE local.
Aunque la descomposición del GIL ya estaba en ciernes,
todavía no había estallado el caso Malaya y Barrientos
decide proponerle a los cuatro concejales que obtuvo el
partido que formaron los ex gilistas, el PES (Partido de
Estepona), un pacto de gobierno, junto al único edil de
IU. «Son personas honestas y decentes», afirmó entonces
el nuevo regidor.
Como quiera que la Ejecutiva regional del PSOE había
prohibido este tipo de acuerdos con concejales
procedentes del GIL, Barrientos viajó a Sevilla para
sacar adelante su acuerdo. Y lo consiguió. La entonces
vicesecretaria general de los socialistas andaluces,
María del Mar Moreno, lo explicó en estos términos: «Con
el objetivo de frenar las políticas desarrollistas y
especuladoras que el PP ha puesto en marcha en Estepona,
asumimos la responsabilidad de dar ejemplo desde esa
ciudad de que otra política urbanística es posible en la
Costa del Sol».
Dos meses después, la portavoz socialista en
Marbella, Isabel García Marcos, planteó una moción de
censura contra Julián Muñoz junto al Partido Andalucista
y una fracción del GIL abanderada por Marisol Yagüe,
provocando una dura reacción del PSOE andaluz, cuya
Ejecutiva decidió expulsar del partido a todos los
ediles que habían firmado la moción.
Inevitablemente, todas las miradas de volvieron hacia
Estepona, donde funcionaba una coalición entre
socialistas y ex gilistas. ¿Iba a mantener el PSOE su
pacto de Estepona tras el escádanlo de Marbella? ¿Por
qué en Marbella se expulsaba a quienes pactaban con el
GIL y no ocurría lo mismo en Estepona?
Se lo preguntaron al propio Manuel Chaves el 10 de
agosto de 2003, que respondió: «No tiene sentido
comparar Marbella con Estepona. La diferencia
fundamental es quién tiene la mayoría y que en Estepona
el alcalde es el socialista Antonio Barrientos. Confío
en el alcalde de Estepona».
La afirmación tajante del presidente de la Junta de
Andalucía merece la pena ser leída ahora de nuevo,
cuando, tras conocerse la investigación de la operación
Astapa, la Fiscalía Anticorrupción ha afirmado que el
Ayuntamiento de Estepona funcionaba «con el mismo
patrón» que el de Marbella bajo el gobierno del Grupo
Independiente Liberal, el GIL.
Nadie en el Gobierno andaluz, sin embargo, detectó
nada: ni los servicios de inspección urbanística, ni los
delegados provinciales, ni la Consejería que tiene las
competencias de ordenación territorial... Ni siquiera el
hecho de que el propio Ayuntamiento de Estepona tuviera
abiertos 1.578 expedientes por infracciones urbanísticas
provocó la alarma de nadie ni en el Gobierno ni en el
PSOE. Ni que hubiera 86 denuncias contra el Consistorio
vinculadas a la disciplina urbanística -abiertas por la
propia Junta de Andalucía y que ahora se esgrimen como
salvoconducto en el escándalo-. El PSOE no se puso en
alerta y, en las elecciones de 2007, volvió a presentar
a Barrientos como candidato.
Denuncias y expedientes
Nadie se dio por enterado de lo que ocurría quizá
porque, como señalaba el pasado viernes la abogada y ex
parlamentaria Inmaculada Gálvez, experta en temas
urbanísticos, todo tiene apariencia de «un paripé». «Lo
que hacía el Ayuntamiento de Estepona -explicaba Gálvez-
es abrir expedientes de sanción a las ilegalidades, pero
resulta que no llegaban a ninguna parte; ahí se morían
las ilegalidades, en el expediente sin resolver. Como
era el Ayuntamiento el que abría los expedientes, la
Junta tampoco actuaba, en teoría a la espera de que el
municipio los resolviera. Ahí está el truco: al final,
se consumaba la ilegalidad sin que nadie actuara».
Entre tanto, Barrientos seguía cosechando apoyos en
el PSOE y presentándose como «el referente y el modelo
de urbanismo en la Costa del Sol» para «erradicar de una
vez por todas el urbanismo del trapicheo, del amiguismo,
de las influencias o de los especuladores».
¿Es posible pensar en un despiste de la Junta de
Andalucía, en el engaño colectivo al que Barrientos
tenía sometidos a todos los dirigentes del PSOE, desde
Javier Rojo, presidente del Senado, hasta los líderes
malagueños y andaluces?
Nadie en Málaga que haya conocido a Barrientos, su
forma de ser, su ritmo de vida, se toma en serio la
pregunta. Las explicaciones, por el contrario, apuntan a
la famosa caja b de la que se habla en el sumario de la
operación Astapa y que servía, entre otros conceptos,
para financiar ilegalmente al PSOE. Dicho de otra forma:
si Barrientos se había convertido en uno de los
principales recaudadores del PSOE, es posible explicar
la inmunidad ante los escándalos urbanísticos que se han
sucedido durante los últimos cinco años.
Por el momento, la única certeza que se tiene es que
Barrientos jamás ha sido un alcalde más en el PSOE. Ese
es el gran engaño de la operación Astapa, la gran
mentira: presentar a Antonio Barrientos como un outsider
de la corrupción municipal. Todos lo sabían, todos lo
apoyaron, nadie actuó y, ahora, nadie conoce a nadie.