
Barrena y Permach,
momentos antes de la
rueda de prensa de ayer
|
madrid- La decisión adoptada
por el Tribunal Supremo el
27 de marzo del año 2003 de
ilegalizar a Batasuna supuso
un durísimo golpe tanto
político como económico para
el brazo político de ETA.
Institucionalmente, dejó a
la izquierda abertzale sin
representación municipal y
sin el poder que ello
otorga; económicamente, sin
una importantísima fuente de
financiación para todo el
entramado. Es por eso que la
formación de Arnaldo Otegi
considera prioritaria su
presencia en los comicios
municipales del próximo mes
de mayo.
De repetirse los
resultados de las elecciones
municipales de 1999, las
últimas a las que pudo
presentarse la formación
abertzale antes de ser
ilegalizada, la vuelta a las
urnas les reportaría a los
batasunos 49 alcaldías y
casi 900 concejales (891) en
el País Vasco y en Navarra.
La gestión directa de
ayuntamientos les permitiría
controlar áreas tan
importantes como las
policías municipales y tener
acceso a informaciones muy
sensibles para la seguridad.
No en vano, el informe que
la Abogacía del Estado
presentó en agosto de 2002
para que se pusiera en
marcha su proceso de
ilegalización afirmaba que
uno de los objetivos de
Batasuna era tener acceso al
censo electoral para que la
banda terrorista pudiera
«multiplicar los efectos de
la violencia terrorista». El
entonces delegado del
Gobierno en Madrid,
Francisco Javier Ansuategui,
afirmó que el partido
liderado por Arnaldo Otegi
había entregado el citado
censo al «comando Madrid»
entonces desarticulado para
que esta célula pudiese
cometer sus atentados con la
información en él contenida.
Para la izquierda
abertzale, el poder
municipal siempre ha sido
fundamental para controlar
lo que en su jerga se conoce
como «frente de masas», que
no es sino el de los
ciudadanos, a los que
considera más sencillo
influenciar desde los
ayuntamientos, por su
cercanía, que desde otras
esferas de poder, como las
diputaciones provinciales o
el Parlamento de Vitoria.
De recuperar el medio
centenar de consistorios que
estaban en sus manos antes
de su ilegalización, los
batasunos pasarían a
gestionar la nada
despreciable cantidad de 200
millones de euros anuales
(800 en la legislatura) en
concepto de presupuestos,
según un informe que hizo la
Fundación de Víctimas del
Terrorismo (FVT) en 2003
basándose en datos del
instituto de estadísticas
vasco (Eustat).
Gran parte de este dinero
podría ser desviado a sus
arcas por ejemplo en
concepto de subvenciones
hacia las organizaciones
afines a su ideología. No en
vano, en los meses previos a
lo que ya se antojaba como
su casi segura
ilegalización, los
consistorios gobernados por
los abertzales desviaron
importantes partidas
presupuestarias para abonar
las citadas subvenciones o
para contratar o adjudicar
servicios a aquellos sujetos
afines a la ideología
abertzale.
Si la puerta de la
legalidad volviese a abrirse
para Batasuna, se cerraría
otra como es la de la
polémica sobre si el Partido
Comunista de las Tierras
Vascas es o no su heredero
en el Parlamento vasco.
Eliminada esta barrera, los
batasunos recuperarían de
pleno derecho sus escaños y,
con ellos, las suculentas
subvenciones que llevan
aparejados. En 2003, por
ejemplo, justo antes de su
ilegalización, los
abertzales recibieron
709.000 euros en
subvenciones.