MADRID.-
Su libro tiene un título elocuente:
La Iglesia en llamas (Destino). En él, el filólogo e
historiador catalán Jordi Albertí realiza un informe
riguroso sobre la persecución religiosa, en el que pone
de relieve que
«durante la República hubo un plan y una estrategia
perfectamente diseñadas para acabar con la Iglesia».
En la presentación de su
obra, Albertí explicó que la estrategia tuvo como
abanderado a Joan García Oliver, ministro de Justicia
con Negrín y líder del movimiento anarquista. «El fue el
estratega para acabar con la Iglesia y ensayar un modelo
de revolución libertaria inédita».
La estrategia se plasmó en una persecución implacable
contra lo que los anarquistas llamaban «la hidra de tres
cabezas: Capital, Milicia y Clero. La Iglesia era la
cabeza más fácil de atacar, y con un plus de
simbolismo».
Siguiendo esta estrategia, se mató «a 7.000 clérigos»
y, además, se hizo «con muchísimo sadismo y con
intención de cometer sacrilegio de forma deliberada»,
señala el historiador. Y añade: «No hay analogía alguna
ni en Europa ni en el mundo. Quizás la única que se le
acerque sea la revolución roja de Pol Pot en Camboya».
Más aún, «el objetivo final era matar a todas las
personas religiosas y, de hecho, el 80% de las 50.000
víctimas del bando republicano lo fueron por la cuestión
religiosa». Especialmente, a los clérigos se les mataba
por «ser representantes de una institución que debía ser
destruida».
Albertí asegura que los curas no hicieron nada para
merecer ese trato. «No se puede acusar a la Iglesia de
conspirar como institución (sí a algún jerarca, como el
cardenal Segura), ni de colaborar militarmente con los
sublevados».
A su juicio, el jerarca cuya actuación más le
escandalizó no fue Segura, sino el entonces Primado de
España, Pla y Daniel, que bendijo el derrocamiento del
Gobierno con esta frase lapidaria: «Por medios legales,
si es posible; pero, si no lo es, por un alzamiento
armado».
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