El fiscal general del Estado
intentó ayer escurrir el bulto apuntando que la decisión
de recurrir el tercer grado concedido a Vera -sin que
haya devuelto una peseta y cuando sólo ha cumplido un
año y medio en prisión- depende exclusivamente de la
Fiscalía de Valladolid. Lo cierto, sin embargo, es que
el Ministerio Fiscal es una institución fuertemente
jerarquizada, por lo que es improbable que los
funcionarios actúen en contra del criterio de su máximo
superior. Un criterio que curiosamente parece haber
variado a la sombra del poder. En noviembre de 2004,
Conde-Pumpido se opuso al indulto de Vera porque no
había dado «muestra alguna de arrepentimiento» y porque
«no se encuentran satisfechas las responsabilidades
civiles en la sentencia». Ambos argumentos son
perfectamente aplicables a la concesión del tercer grado
y obligan a Conde-Pumpido a impulsar la interposición de
un recurso contra una decisión escandalosa. Ello es
imprescindible para que los jueces puedan actuar, y sólo
el control judicial puede disipar la sospecha de
favoritismo político que se cierne sobre la actuación
del Gobierno.
Ayer comentábamos en estas páginas el agravio
comparativo que el trato de favor a Vera supone para
otros reclusos. Al caso de Roldán se suman otros, como
el del ex director de la Policía, Rodríguez Colorado,
también condenado por los fondos reservados y que sólo
obtuvo el tercer grado después de devolver los 89
millones de pesetas que se había llevado. En este
contexto, resulta inevitable preguntarse ¿por qué el
Gobierno favorece de manera tan descarada a Vera? Todos
los indicios -incluido el clamoroso silencio del PSOE-
otorgan verosimilitud a la hipótesis planteada por el PP
de que es un «pago a los silencios del ex secretario de
Estado». Cabe recordar que, en
octubre de 2004 -seis meses después de que Zapatero
llegara al poder-, Vera publicó una carta en El País en
la que veladamente amenazaba con tirar de la manta si el
Gobierno no accedía a su petición de indulto.
Esto se une al hecho clave de que la persona que como
ministro del Interior ha concedido el tercer grado es la
vez una de las más interesadas en que Vera no lleve a
término esa amenaza. Como bien ha subrayado el PP,
Alfredo Pérez Rubalcaba era portavoz de aquel Gobierno
de Felipe González que puso tanto empeño en ocultar los
gravísimos delitos cometido por Vera y sus compinches,
incluida la desviación de dinero destinado a la lucha
contra el terrorismo. Rubalcaba fue el cerebro de una
bochornosa labor de encubrimiento político.
Este dato agranda todavía más el escándalo que supone
el trato de favor a Vera. Y pone seriamente en
entredicho no sólo las propias promesas de regeneración
democrática realizadas por Zapatero cuando todavía era
líder de la oposición, sino también el contundente
compromiso expresado hace unos meses por María Teresa
Fernández de la Vega tras disolver el Ayuntamiento de
Marbella. Entonces, la vicepresidenta justificó su
decisión por la «alarma social» que produce «el lado
repugnante de quienes se enriquecen ilícitamente
parapetados en la vida pública» y afirmó que el Gobierno
«no tolera ni tolerará jamás procesos corruptos». Pues
bien, ningún caso en la historia de la democracia
española es más «repugnante» ni produce más «alarma
social» que el de Vera. Si la Fiscalía -es decir, el
Gobierno en su conjunto- permite que se cometa semejante
atropello quedará en evidencia que el felipismo y el
zapaterismo tienen más eslabones que la singular
trayectoria del ministro Rubalcaba. |