Cuando ayer nuestro periódico
destacaba en su portada el pronóstico de Zapatero de que
«dentro de un año estaremos mejor» y advertía que el
presidente «se la está jugando con ETA» no podíamos
pensar que en unas pocas horas se iba a materializar de
forma tan dramática ese diagnóstico. De hecho, en el
momento en que el presidente expresaba su optimismo el
pasado viernes, el coche bomba estaba ya en el
aparcamiento de Barajas o iba de camino.
El atentado de ayer supone el peor escenario posible
para un Gobierno que se había jactado de los avances en
«el proceso de paz» y que daba por seguro
categóricamente que la situación iría a mejor. Pues
bien, ha ido a peor de la peor forma posible: con un
coche bomba en la T-4, la obra más emblemática
inaugurada por este Gobierno, colapsando el transporte
aéreo en vísperas de Nochevieja y con dos desaparecidos,
presumiblemente sepultados bajo los escombros.
Si en el plano humano lo más trágico sería el
fallecimiento de esas dos personas, queda en evidencia
en el plano político el fracaso de la estrategia del
Gobierno respecto a ETA y la falta de sustento del
optimismo de Zapatero y Rubalcaba. Cabe preguntarse en
qué manos estamos cuando tanto el presidente como el
ministro de Interior -¡menudo papelón el suyo en la
rueda de prensa del «ni confirmo ni desmiento»!- han
demostrado una ignorancia tan absoluta respecto a los
planes de la banda.
Una reacción insuficiente
Zapatero compareció por la tarde en La Moncloa para
decir que considera que el dialogo con ETA no puede
seguir mientras la organización armada no renuncie a la
violencia pero no quiso ir más allá de esa «suspensión»
temporal. Su intervención dejó la sensación de que se
resiste a que la terca realidad trastoque sus ingenuos
planteamientos.
Zapatero no es un traidor ni un malvado ni creemos
que haya firmado letras de cambio a ETA -como a veces se
sostiene de forma estereotipada por sus adversarios-
pero sí ha actuado de una forma profundamente
equivocada, sin medir las consecuencias de sus actos y
sin un sentido claro de hacia donde se dirigía. Estamos
ante un caso claro de irresponsabilidad política que los
electores deberían castigar.
La suspensión del diálogo es lo menos que podía hacer
el presidente del Gobierno ante un atentado de esta
envergadura, pero su negativa a declarar que está roto
definitivamente demuestra que sigue queriendo mantener
la puerta entreabierta con la banda. Suspender significa
«detener o diferir por algún tiempo». En este sentido,
la intervención de Zapatero no supone una rectificación
explícita de los errores cometidos sino más bien un
intento de ganar tiempo hasta comprobar hacia dónde
evolucionan los acontecimientos.
Zapatero se aferró ayer a la resolución del Congreso
de mayo de 2005, en la que se daba luz verde a una
negociación con ETA si ésta renunciaba a las armas. El
tiempo ha demostrado que esta resolución sirvió para dar
alas a la banda y para que sus dirigentes se creyeran
que podían discutir la autodeterminación del País Vasco
de tú a tú con el Gobierno.
Esa iniciativa marcó formalmente el distanciamiento
con el PP, fortaleció la alianza del PSOE con los
nacionalistas y supuso en la práctica la ruptura del
Pacto Antiterrorista y del consenso de las dos grandes
formaciones. Lo que era hasta entonces una política de
Estado pasó a convertirse en una estrategia partidista.
Por eso, el Rey no pudo apoyarla el día de Nochebuena.
Que Zapatero insistiera en lo «largo y difícil» del
proceso no hace más que mantener la expectativa de que,
cuando escampe el aguacero, se reanudará el diálogo. De
esta forma, el atentado de ayer quedaría amortizado como
poco más que «un hecho añadido a la situación», según
las miserables palabras utilizadas por Arnaldo Otegi.
ETA ha roto la tregua
Rubalcaba afirmó que la tregua de ETA había supuesto
nueve meses «sin violencia». No es cierto. En abril, la
banda envió cartas de extorsión a los empresarios y el
Gobierno dijo que habían sido redactadas antes del alto
el fuego. Poco después, un grupo de radicales quemó la
ferretería de un militante del PP e Interior dió por
buena la explicación de ETA de que era una «acción
espontánea». Luego se intensificó la kale borroka y el
Gobierno alegó que no era suficiente para romper el
diálogo. Y más recientemente ETA robó 350 pistolas en
Francia y las Fuerzas de Seguridad descubrieron un zulo
con armas, hechos a los que el Ejecutivo restó parte de
su gravedad. Ayer la banda sembró el terror en el
aeropuerto y probablemente mató a dos personas, ¿Qué más
hace falta para dar por roto este falso «proceso de paz»
definitivamente, como pidió Mariano Rajoy?
Otegi afirmó ayer que el atentado «no nos retrotrae a
la situación de antes del 24 de marzo», fecha del
comienzo de la tregua. Es justamente al revés: sí nos
retrotrae porque ETA ha quebrantado su alto el fuego con
el coche bomba de Barajas, aunque quede el enigma de por
qué la banda no lo comunicó previamente como en otras
ocasiones en las que rompió sus treguas. Esto es
precisamente lo que tenía que haber dicho Zapatero. Esto
y otras muchas cosas más como que Batasuna no será
legalizada en estas condiciones, que jamás consentirá
que se cree una mesa de partidos fuera de las
instituciones, que no negociará el futuro de Navarra
como moneda de cambio y que no habrá excarcelaciones
prematuras de presos. Por cierto, que también debería
haber anunciado su disposición a instar al fiscal
general del Estado a actuar contra Arnaldo Otegi por un
delito de enaltecimiento del terrorismo cuando calificó
a De Juana Chaos como «preso político».
Aunque Zapatero defraudó ayer a muchos españoles, que
esperaban bastante más de él, no hay que descartar que
el inconcreto paso de «suspender» el diálogo sea el
comienzo de una rectificación gradual por la vía de los
hechos. En ese caso, el PP debería ayudarle a cambiar de
política y recuperar el consenso, como nuestro periódico
ha defendido siempre.