Parece increíble y habrá quien
piense que se trata de una exageración, pero la realidad
es que los casi 15 millones de ciudadanos que residen en
Cataluña, el País Vasco, Galicia y Baleares no pueden
educar a sus hijos en español, la lengua oficial del
Estado, que ha sido expulsada de las Administraciones
autonómicas y del sistema escolar.
Así lo testimonian los representantes de cuatro
plataformas cívicas de esas cuatro comunidades, que han
denunciado en el Foro de EL MUNDO la persecución del
español en sus lugares de residencia y el acoso que
están sufriendo de las autoridades por defender el
derecho de sus hijos a recibir enseñanza en su idioma
materno.
De las cuatro comunidades, la única en la que se
puede estudiar todavía en español es en el País Vasco.
Pero el Gobierno que preside Ibarretxe aprobó un decreto
en octubre pasado -sin pasar por el Parlamento vasco-
que elimina el castellano a partir de septiembre del
sistema educativo e instaura un único modelo de
enseñanza en vasco.
Los responsables de Educación alegan que no hay
demanda en español, lo cual es absolutamente falso
porque la inmensa mayoría de los 220.000 habitantes de
Vitoria habla exclusivamente en castellano y quiere que
se eduque a sus hijos en esta lengua.
Es el mismo pretexto que se
utiliza en Cataluña para no aplicar tres sentencias del
Tribunal Superior de Justicia de esta comunidad, que
establecen que las autoridades tienen que garantizar el
derecho a la escolarización en castellano. La
Generalitat se niega a cumplir esta obligación legal con
el pretexto de que ello significaría dividir a los niños
y no da opción en sus impresos a que los padres puedan
elegir.
De la amenaza a la subvención
La situación en Galicia es similar tras la
política de inmersión que está impulsando el Gobierno de
coalición entre los socialistas y los nacionalistas del
BNG. La profesora gallega Gloria Lago da testimonio de
que el español ha desaparecido de la enseñanza y de que,
incluso, el mero hecho de hablarlo suscita rechazo entre
la población adolescente que lo identifica con la
extrema derecha.
La paradoja es que, sin embargo, el 80% de los padres
gallegos se declara a favor de la libre de elección de
lengua para educar a sus hijos, al igual que sucede en
Cataluña, Baleares y el País Vasco, donde la gente se
muestra partidaria de lo contrario de lo que se está
haciendo.
En el caso balear, el Gobierno que preside el
socialista Antich, coaligado con nacionalistas radicales
como el PSM, está aprovechando el bilingüismo consagrado
por el Estatuto de 1983 para imponer el catalán y borrar
todos los rastros del español en la vida pública y en
las escuelas.
Jorge Campos, presidente de Círculo Balear, denuncia
las cantidades masivas de dinero que han recibido las
asociaciones nacionalistas que defienden el uso del
catalán, convertido también en instrumento de
ideologización de los escolares.
El panorama es desolador porque en estas cuatro
comunidades lo que hay es una política de inmersión
lingüística, diseñada desde sus respectivos Gobiernos,
para que el español sea una lengua sin presencia en la
vida pública e institucional. El Gobierno de Antich ha
llegado a prohibir la señalización bilingüe de las
calles y la traducción al castellano de los documentos
oficiales. En un reciente folleto editado por el
Ejecutivo balear, se dice incluso que el español es una
lengua para hablar en casa.
Estamos sencillamente ante un deliberado y
planificado intento de utilizar la lengua como
instrumento de construcción nacional, dejando de lado
los derechos de los ciudadanos que sólo piden que se
respete lo que dice la Constitución y lo que pedían los
propios nacionalistas cuando, hace 30 años, se
lamentaban de la hegemonía del castellano.
Movilización en la calle
Rosa Díez, invitada a nuestro Foro, subrayó la
naturaleza política de esta discriminación y abogó por
una reforma de la Constitución. En concreto, propuso la
modificación del artículo 3, que señala que las lenguas
cooficiales deben ser objeto de «especial protección», y
la retirada de las competencias de educación a las
comunidades.
Carmen Iglesias, presidenta de Unidad Editorial,
aseguró que el uso de la lengua por los nacionalistas es
«una perversión de la democracia» y una agresión a las
libertades. Y afirmó que el problema no se resolverá
hasta que los ciudadanos salgan a la calle, como sucedió
con las víctimas de ETA.
La cuestión es cómo se puede luchar contra estas
políticas, fuertemente subvencionadas por los Gobiernos
nacionalistas, que, como resaltó el vasco Pablo Gay-Pobes,
obligan al ahorcado a tejer su propia soga.
Gay-Pobes incidió en el dramático problema que van a
tener que sufrir decenas de miles de estudiantes
castellano-parlantes, a los que se les va a obligar el
curso que viene a esa inmersión lingüística en vasco a
pesar de que su lengua familiar y habitual es el
castellano.
Si el español va a ser pronto erradicado de las aulas
en el País Vasco, Cataluña va muy por delante en esta
experiencia. La catalana Marita Rodríguez, profesora de
física en un instituto, relató la persecución que está
padeciendo por dar clases en castellano, algo que ya es
muy inusual en Cataluña, donde se vigila para que los
niños no hablen español en los recreos.
El testimonio de los representantes de estas
plataformas resulta impresionante y debería ser tomado
en serio por el Gobierno de Zapatero, que dice
preocuparse tanto de las libertades y se le llena la
boca con el republicanismo cívico, que hasta ahora ha
fingido que el problema no existe y que las denuncias
son la expresión de una minoría exaltada. No es así.
Estamos, por el contrario, ante una vulneración de
derechos y una violación de la Constitución que ya no es
posible menospreciar.